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El Campo de Tiro de Pájara, 50 años de secuestro a la cultura de los majos

La acción militar ha destrozado parte de los yacimientos que se encuentran en esa zona, mientras se impide el acceso de los arqueólogos para su estudio

Eloy Vera 0 COMENTARIOS 25/08/2026 - 08:00

El Morrete de Las Cucharas, El Cantil, la Cueva de Trequetefia, el Lomo de La Cueva, la Gambuesa de Amanay y otros muchos yacimientos fueron aniquilados como lugares en los que honrar la cultura aborigen cuando la Costa de Pájara transmutó para convertirse en zona de guerra. Su declaración como Campo de Tiro en 1976 arrancó a los majoreros un legado patrimonial que 50 años después sigue en manos del Ministerio de Defensa y sin dejar acceder a su interior a los arqueólogos, los responsables de estudiar y custodiar la cultura de los majos.

Tras la descolonización del Sáhara a finales de 1975, unos 3.000 hombres del Tercio Don Juan de Austria de La Legión irrumpen en Fuerteventura. Cuando aún los majoreros intentaban asimilar la aparición de los nuevos vecinos, llegó una orden del Consejo de Ministros del 12 de noviembre de 1976, publicada el 12 de enero del año siguiente, en la que se acordaba declarar de utilidad pública la adquisición por el Estado y la ocupación de un total de 46.936.027 metros cuadrados pertenecientes tanto al Ayuntamiento como a 57 propietarios. El terreno expropiado alcanzaba una superficie que representa el 10,50 por ciento del suelo municipal y el 2,43 por ciento del insular.

La población indígena, que desde hace al menos 1.500 años habita la Isla, escogió entre los enclaves para asentarse esta zona del sur de la Isla. En la Costa de Pájara, los nuevos pobladores cuidaron a sus hijos, honraron a sus dioses, enterraron a sus muertos y bebieron agua de sus fuentes. Con el material que encontraron pusieron en pie construcciones en las que refugiarse, idearon estructuras con fines ganaderos y con los pastos que afloraban en el campo en años buenos alimentaron la cabaña ganadera, mientras el mar les arrojaba marisco y pescado con el que complementar la dieta alimentaria.

Tras la conquista, la nueva población siguió utilizando el territorio para el disfrute del ganado y el aprovechamiento de sus recursos. Acudían hasta él a pescar, mariscar y recoger sal. En el terreno levantaron chozas y las gambuesas continuaron usándose para encerrar el ganado ‘guanil’, aquel sin marca, durante las apañadas.

Durante el tiempo del poder señorial y militar (siglos XV-XIX), la Costa de Pájara formó parte del mancomún, esos terrenos públicos o mancomunes cuyo aprovechamiento corresponde a la vecindad. Y así fue hasta que el Ministerio de Defensa expropió los terrenos para convertirlos en Campo de Tiro y lugar de maniobras militares para la OTAN.

En el artículo El patrimonio histórico de la Costa de Pájara, Fuerteventura. Un bien común en peligro, publicado en las XIV Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote, su autor, Antonio Cabrera Robayna, asegura que el patrimonio arqueológico de esta zona “viene determinado por las potencialidades y la diversidad que alcanzan sus recursos naturales (agua, buenos pastos, abundantes recursos marinos)”.

En su interior, asegura el autor, se localizan “notables asentamientos y poblados conformados en ocasiones por una cantidad significativa de diferentes módulos constructivos que reflejan la variedad de funciones que se desarrollaron en cada uno de estos asentamientos”.

La arqueóloga Nona Perera ha accedido a la zona del campo de tiro en varias ocasiones. Asegura que en su interior hay “un repertorio de yacimientos arqueológicos variados” entre los que se documentan manifestaciones rupestres, con escrituras líbico-bereber y líbico-latinas calificadas de “excepcionales”, estructuras tumulares, asentamientos, casas hondas, enterramientos en fosa, maretas aborígenes, cuevas naturales modificadas, círculos de piedra hincada o gambuesas como la de Amanay, que corroboran que se realizaron apañadas desde época indígena.

Y recuerda además que, a nivel etnográfico, se registran una serie de elementos sobre el terreno que dan fe de que “la gente siguió cogiendo recursos naturales de esta zona hasta que se produjo la militarización del suelo”.

En los años 40 del siglo pasado la prospección arqueológica desarrollada por el entonces comisario de Arqueología de las islas orientales, Sebastián Jiménez Sánchez, destacó el valor del patrimonio cultural en los enclaves arqueológicos de Biocho, Terife, Amanay, Fayagua, Las Salinas, Tabaibejo y otros tantos lugares arqueológicos que, en la actualidad, se encuentran en el interior de los límites del Campo de Tiro de Pájara.

En los 70 del siglo pasado, dos pastores encontraron de forma casual un enterramiento con restos humanos y una vasija prehispánica en un lugar que hasta ese entonces no estaba recogido como yacimiento arqueológico. El sitio sería bautizado más tarde como Sepultura de la Mujer frente a la Cueva de Trequetefía junto a Morro de la Huesa.

Cuando se produjo el perimetrado y vallado del Campo de Tiro, el Ministerio de Defensa echó el candado a la posibilidad de poder seguir inventariando e investigando los yacimientos que se localizaban en su interior.

Las contadas veces que los expertos han conseguido traspasar los límites del campo de tiro han alertado del peligro al que están expuestos los yacimientos, el grado de deterioro que presentan y como sus estructuras se han estado usando como elementos de guerra.

En 1980 el Ayuntamiento de Pájara encargó un estudio a la Junta de Patrimonio Artístico de la Provincia de Las Palmas sobre los aspectos arqueológicos del municipio. En él se llegaba a la conclusión del peligro que suponía para la correcta conservación del patrimonio histórico el uso de la zona como campo de tiro.

Los arqueólogos que han accedido se han encontrado un paisaje desolador

En el avance de la Carta Arqueológica, redactada en 1984 bajo la coordinación de Nona Perera y José de León, se volvía a alertar del grave peligro que supone para el enclave su uso militar. El proyecto de Carta Arqueológica y Etnográfica, desarrollado por el Cabildo de Fuerteventura en 1989, pudo inventariar y ver in situ el grado de conservación de los enclaves arqueológicos de la zona.

Una de las arqueólogas que participó en el proyecto fue Nona Perera, quien explica cómo la prospección se tuvo que saltar la zona del jable de Biocho por estar minada. “Cada una de las seis personas que formábamos el equipo estuvimos acompañadas por legionarios que venían detrás de nosotras. No sabíamos con qué finalidad. Si era para que no nos pasara nada porque el suelo era peligroso o para que nosotros no hiciéramos peligrar a los militares”, ironiza.

Lo cierto es, indica, que “prospectamos y registramos la totalidad de yacimientos arqueológicos que pudimos ser capaces de advertir durante el trabajo de campo y poco más”.

La empresa Tibicena Arqueología y Patrimonio, encargada de la revisión de la Carta Arqueológica de Fuerteventura, solicitó permiso, años más tarde, para acceder al Campo de Tiro. En un primer momento, se le aprobó la solicitud. Una semana más tarde fue denegada.

En las imágenes, restos arqueológicos en el interior del Campo de Tiro. Fotos: Cedidas.

De trinchera

Las contadas veces que los arqueólogos han accedido al interior se han tropezado con un paisaje desolador en el que la huella de los majos se ha ido borrando para dar paso a un paisaje de guerra.

Durante el avance de la Carta Arqueológica, en 1984, se alertó del destrozo realizado en el yacimiento de El Cantil, que había sido ya descrito por Ramón Fernández Castañeyra en el siglo XIX. El acondicionamiento de uno de los accesos al campo de tiro destruyó por completo algunas estructuras arquitectónicas, la mutilación de otras y la alteración y amputación de los niveles arquitectónicos fértiles.

“Todas las veces que han modificado el suelo para hacer más accesible o agrandar la pista se han cargado nuevas unidades arquitectónicas de este yacimiento”, denuncia Nona Perera.

Otro de los yacimientos que ha desaparecido por la presión militar ha sido la Cueva de Trequetefia. Su importancia e interés arqueológico no pasó desapercibida para Sebastián Jiménez Sánchez durante su visita en los años 40 a la zona. A pesar de que se les había advertido de su importancia, “fue un blanco para las prácticas militares”, denuncia la arqueóloga.

Tampoco corrieron mejor suerte las casas de Las Salinas. Antonio Cabrera Robayna, en el artículo mencionado de las Jornadas sobre Fuerteventura y Lanzarote asegura que esta zona “debió de constituir un relevante asentamiento costero de la etapa aborigen, a juzgar por los vestigios que conserva a pesar de su total destrozo de las superestructuras por parte del Ministerio de Defensa”. Y continúa afirmando que “constituye el lugar que con mayor vigencia temporal fue usado por la población de Pájara, una vez delimitado el Campo de Tiro de Pájara”.

En los años 70, dos pastores encontraron un enterramiento con restos humanos

“Fueron destrozadas por el Ministerio de Defensa para que la gente no siguiera usando las chozas y aprovechando los recursos de la zona”, explica Nona Perera. Tras la conquista, la gente continuó acudiendo a pescar y recolectar mariscos. Se trata, explica, “de una práctica ancestral donde las poblaciones insulares iban en verano a la costa a mariscar y pescar. Se acopiaban de alimento para otra época cuando no era posible la pesca”.

“La mala leche”, asegura, también ha intervenido todo este tiempo. “No sólo ha sido expropiar el Campo de Tiro, sino que se abuse de esa expropiación. Se les ha robado aquellos recursos de los que la población de Pájara ha dependido para sobrevivir”.

Destrozar la memoria

“No solo están destrozando los yacimientos sino también la memoria”, lamenta Nona Perera, mientras recuerda la vez que acompañó a Francisco Bueno, un ganadero que estuvo viviendo en el Campo de Tiro y fue desplazado por el Estado cuando se optó por la expropiación. “Nunca había vuelto al campo de tiro y cuando entró lloró al ver el destrozo. Nunca pensó que una tierra, que él tanto amaba, y de la que tanto dependió, pudiera expulsarlo”.

La pasada legislatura Nona Perera ocupó el cargo de directora general de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias. Intentó conseguir los permisos del ejército para acceder al Campo de Tiro. “Lo intentamos por todos los medios con conversaciones con los mandos nacionales y del Archipiélago y a través de cartas, pero nunca fue posible”, asegura.

En la última reunión que mantuvo como directora general con el Ministerio de Cultura sus responsables se jactaron de haber logrado levantar las trabas que los militares tenían puestas para el acceso a los campos de tiro. “Yo dije que en Fuerteventura habían negado el acceso y se extrañaron. Me pidieron datos para resolverlo, pero ya luego salimos nosotros del gobierno” y ahí quedó el tema.

“Con el mando más alto que hablé siempre decía que la negativa era de Madrid, pero las veces que conectamos con Madrid no sabían nada del tema. Parece que era más una excusa de los militares de Canarias, que los de Madrid que ya habían negociado, desde Cultura, el acceso a los suelos militarizados”, comenta.

Si se le pregunta por una solución, contesta que la ideal es que desaparezca el campo de tiro y vuelva a tener un uso civil en el que se pueda continuar con aprovechamiento ganadero y de los recursos marinos. Eso sería, en su opinión, “lo más lógico, justo y sostenible en el tiempo”.

Si esto no fuera posible, al menos, cree que se debería autorizar la entrada a equipos especializados en arqueología, como ocurrió con los biólogos a los que dejaron entrar para la realización de la publicación Amanay. Naturaleza y conservación, para que registren los yacimientos y el estado de conservación en el que se encuentran en la actualidad. También, apunta a que sean las autoridades locales responsables del patrimonio las que insistan.

Cuando Andrés Briansó ocupó el cargo de consejero de Patrimonio Histórico del Cabildo bajo las siglas de Podemos, “hizo lo posible para lograr la autorización, cosa que nunca consiguió porque los mandos de Fuerteventura se negaban verbalmente o no contestaban”.

Para conocer el pasado de Fuerteventura es “imprescindible” contar con lo que nos pueden decir los yacimientos del campo de tiro. Es una zona tan amplia que prescindir de ese conocimiento y análisis haría que el estudio sobre la cultura de los majos fuera “sesgado y parcial”, concluye la arqueóloga.

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