PERFIL

Rosa Delia Alonso: la amiga y ‘psicóloga’ de la Plaza de la Paz

La popular empresaria acumula vivencias y anécdotas de sus veinticuatro años atendiendo el kiosco

Foto: Carlos de Saá.
Lourdes Bermejo 2 COMENTARIOS 27/01/2020 - 07:34

Rosa Delia es una cara familiar desde hace veinticuatro años en el kiosco de la Plaza de la Paz de Puerto del Rosario, concurrido lugar de paso y de desayuno habitual del personal de las administraciones públicas y juzgados de la zona.

Su simpatía y dotes de psicóloga, como ella misma admite, le han valido el cariño de los clientes de los que guarda multitud de bonitas anécdotas. “Muchos funcionarios, incluyendo jueces que han pasado temporadas en Fuerteventura, han venido a despedirse de mí, antes de partir a sus nuevos destinos”, explica.

También recuerda a una pareja de cruceristas alemanes: “Se hicieron una foto conmigo en un primer viaje y, años más tarde, volvieron y se acercaron al kiosco, solo para regalarme una copia. Yo ni siquiera los recordaba, pero ellos se habían ido muy agradecidos por el buen rato que pasaron aquí. Me dijeron que ‘siempre estaba alegre’ y este detalle me hizo tanta ilusión que tengo la foto colgada en casa”, cuenta Rosa. La empresaria invitó a comer al matrimonio de jubilados, “pero ellos me dejaron 40 euros de propina”, cuenta Rosa, que puntualiza que trata con igual cortesía a todos los clientes.

Puede que sus preciados bocadillos tengan la culpa de la fidelidad al kiosco. Rosa ha inventado varias propuestas, bautizadas con el nombre de quienes más las piden. Así, uno de los bocatas estrella de la carta es el Tejerito, el diminutivo del apellido de un guardia civil que solía desayunar en el kiosco. “Lleva pollo, champiñón, pimiento del piquillo, cebolla gratinada, queso y mi toque”, explica Rosa, que se niega a revelar el secreto del chef, aunque adelanta que se trata de una salsa.

Otros famosos bocatas son los llamados Raulito, Pablito, Minguito y Rosita, en homenaje a otro miembro de la Benemérita, su hijo pequeño, su pareja y a ella misma. El suyo lleva verduras con queso y el ya célebre toque. La responsable del kiosco de la Plaza de La Paz comenzó a experimentar con sabores diferentes en los bocadillos clásicos, introduciendo el calabacín a la plancha, aunque luego extendió los ingredientes al resto de hortalizas, aportando exotismo a los tradicionales desayunos.

Aunque lleva desde los 19 años atendiendo la terraza y la barra del negocio (una concesión municipal a su madre, que ha ido pasando de manos familiares), Rosa tiene claro que “hay que descansar” porque, dice, “nunca se ha visto un camión de mudanzas tras un cortejo fúnebre”, citando una de las máximas de la fábula contemporánea El monje que vendió su Ferrari, de Julian Mantle.

“Cada día se aprende. Hay quien te decepciona… O lo contrario. Yo creo que la gente es buena”. Rosa también debe de serlo: “Quien me conoce me aprecia”

Eso sí, de domingo a viernes, no falla el servicio desde las ocho de la mañana a las tres de la tarde, para atender la demanda de los usuarios y trabajadores de instituciones y servicios de la capital. El domingo también se abre “por el mercadillo de objetos de segunda mano que se celebra en la plaza”, así que el sábado es el único día de asueto de esta entrañable hostelera que también ejerce de psicóloga.

“Muchas veces, para ayudar a alguien que te cuenta sus cosas, no siempre alegres, solo hay que escuchar”, sentencia sobre su particular método, que no es otro que lo que los profesionales llaman escucha activa y que tan bien representan los barman tras las barras en el imaginario colectivo. “Hay veces que te das cuenta de que lo que te están contando no es real, que están trasladando a una historia ajena lo que les ocurre a ellos, disfrazando la realidad. Yo siempre me callo y escucho, a todo digo que sí”, explica.

Sin duda, la empresaria tiene dotes y, ahora también, cercanía con la ciencia de la psicología, ya que uno de sus hijos, Antonio, está estudiando el primer curso de la carrera. “Debe de pensar que aquí hay muchos locos”, bromea su orgullosa madre, ya que Antonio es el primer universitario de la familia, un orgullo que comparte con su hermana, “que se puede decir que lo ha criado también”.

En el caso de Rosa, el aprendizaje ha sido la propia experiencia de años de atención al público, que ella define, con su habitual espontaneidad, como “ver venir a la gente”. “Cada día se aprende. Hay quien te engaña, quien te decepciona… O lo contrario, de hecho yo creo que la mayoría de la gente es buena”. Rosa también debe de serlo: “Quien me conoce me aprecia”, dice.

Incluso considera a algunos de sus clientes como parte de su familia. “Algunos ya fallecidos, otros que han crecido aquí, conmigo. Venían de pequeños con sus padres y hoy, con treinta años, traen a sus hijos. El tiempo pasa, la gente pasa, pero yo sigo aquí. A veces, si hace mucho tiempo que no me ven, me dicen: chacha, si no has cambiado nada”, cuenta.

Lo que sí cambia, inevitablemente, es el paisanaje de la Plaza de La Paz, uno de los rincones más populosos de la capital, donde solo Rosa y su kiosco permanecen, viendo pasar la vida de Puerto del Rosario.

Comentarios

Sii... Rosita..una amiga, compañera y vecina de toda la vida, se merece todo el respeto y los valores que se ha ganado en todos estos años, muchos besos Rosa, me alegro mucho de verte, pero cuéntame tu secreto, chacha los años por ti no pasan!! Te queremos
Felicidades, gran empresaria y gran mujer

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