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La lapa majorera se queda sin refugios

Tan solo sobrevive una pequeña población en Fuerteventura que está al borde del colapso

César-Javier Palacios 0 COMENTARIOS 28/09/2026 - 07:48

Una década después de aprobarse un plan de recuperación que se ha demostrado ineficaz, la lapa majorera se encamina hacia la extinción. Desaparecida de Lobos y de las costas norte y este de Fuerteventura, tan sólo la costa más abrupta de Jandía se mantiene como el último refugio de un puñado de ejemplares, los últimos de una especie antiguamente abundante en toda Canarias. Los científicos reclaman financiación urgente para iniciar los estudios que permitan poner en marcha su cría en laboratorio y encontrar nuevos refugios, también climáticos, antes de que sea demasiado tarde.

La lapa majorera (Patella candei), una especie de molusco única en el mundo, se acerca peligrosamente a un punto de no retorno. El último estudio sobre su estado de conservación confirma que ha desaparecido del islote de Lobos y de las costas norte y este de Fuerteventura. En 2022, los investigadores sólo localizaron en un muestreo medio centenar de ejemplares en el extremo sur de la Isla, en la península de Jandía. Puede haber alguno más en las zonas más inaccesibles de esa remota área, pero no muchos más. Son los últimos.

En época prehispánica, la situación era bien distinta. La lapa majorera estaba presente en todas las islas Canarias, siendo especialmente abundante en Fuerteventura, Lanzarote e islotes, como demuestran los inmensos laperos que todavía hoy se pueden ver en sus costas, prueba arqueológica de la importancia que tuvo esta especie en la alimentación de los antiguos canarios. Pero todo esto es ya historia. El porcentaje actual de su distribución es muy cercano a cero en términos de área, porque pasó de ocupar un archipiélago completo a tener un único enclave muy reducido.

Y en la Maxorata tampoco hay motivos para bajar la guardia. La población que queda es tan pequeña y está tan aislada que los científicos la consideran una población relicta, todavía insuficiente para garantizar una reproducción eficaz. En los muestreos de 2022 se contabilizaron 53 ejemplares, todos ellos en Jandía. Apenas 15 individuos por cada 100 metros de una franja muy pequeña de costa.

El resultado de estos estudios acaba de publicarse en la revista Aquatic Conservation: Marine and Freshwater Ecosystems bajo el título Critical Status of the Endangered Limpet Patella candei in the Canary Islands: Historical Population Trend and Environmental Stressors. La investigación forma parte de la tesis doctoral de Marina Aliende Hernández, dirigida por los investigadores José Carlos Hernández y Beatriz Alfonso, integrantes del grupo ECOMAR de la Universidad de La Laguna. En el estudio también ha participado el profesor honorífico Jorge Núñez, responsable de los primeros muestreos de esta especie realizados en 1994.

El trabajo compara los datos obtenidos en los muestreos de 2022 con registros históricos y dibuja una trayectoria muy preocupante, pues la protección legal no se ha traducido en una recuperación generalizada de la especie, como era lo esperable. Y la única zona refugio, la de Jandía, se ha salvado del marisqueo ilegal, su principal problema, no por mérito de las instituciones, sino porque es una costa salvaje de muy difícil acceso. “Si esa población desaparece la población se extingue”, advierte la doctora Marina Aliende.

Protección sin vigilancia

La Patella candei cuenta con un plan de recuperación desde 2015 que se ha demostrado inútil. El Gobierno de Canarias aprobó entonces, mediante el Decreto 161/2015, un programa específico para garantizar la supervivencia de la especie, catalogada como “en peligro de extinción”, señalando áreas críticas y medidas destinadas a reducir las amenazas que sufría, incluida la prohibición de su recolección. Pero no ha destinado recursos a la vigilancia de las costas majoreras, el gran problema, como reprocha la investigadora Aliende: “La gente marisquea sin miedo porque hay una falta de vigilancia absoluta, saben que nadie les va a pillar”.

Las lapas majoreras son más frágiles que otras lapas pues viven en la franja intermareal más próxima a la costa, precisamente la zona que primero queda fuera del agua durante la bajamar. Esa accesibilidad las convierte en un recurso sencillo de recoger y hace que el marisqueo ilegal constituya una de las principales amenazas para sus poblaciones. Quienes las arrancan de las rocas para freírlas con mojo no son conscientes de que se están comiendo una especie mucho más amenazada y única que el lince ibérico.

El mapa actual de su pobre distribución mundial muestra hasta qué punto ha sido insuficiente la protección. “Por mucho que se proteja una zona, si no hay vigilancia y desaparecen los últimos ejemplares no sirve para nada”, critica Marina Aliende. Donde antes existían poblaciones distribuidas por diferentes sectores de Fuerteventura y por Lobos, el marisqueo ilegal acabó con ellas y ahora solo queda un pequeño núcleo en Jandía, el último reducto de la especie. La suya es la crónica de una muerte anunciada.

El último refugio

La población de Jandía se encuentra en un litoral sometido durante buena parte del año al fuerte oleaje. El estudio plantea que esta exposición puede haber funcionado como una barrera natural frente al marisqueo ilegal, pues llegar hasta las lapas resulta mucho más difícil cuando las condiciones del mar son adversas. Porque con marea baja es una especie que se ve de lejos, ya que ocupa las zonas que primero se quedan sin agua. Aunque esto está empezando a cambiar.

La lapa majorera ha desaparecido de Lobos y de las costas norte y este de Fuerteventura

Los investigadores detectaron que las poblaciones parecen haber comenzado a desplazarse hacia niveles más bajos de la zona intermareal. Son indicios compatibles con un escenario en el que los ejemplares que viven en lugares menos accesibles tienen mayores posibilidades de sobrevivir. Pero depender de que el oleaje proteja a una especie en peligro de extinción no es una estrategia de conservación con futuro.

El problema se agrava porque las lapas necesitan encontrarse unas cerca de otras y en buen número para reproducirse. Son organismos de fecundación externa, absolutamente aleatoria. Los gametos se liberan al agua y la probabilidad de éxito reproductivo depende de que haya suficientes individuos maduros y próximos. Cuando la densidad de una población desciende demasiado entra en un círculo vicioso difícil de romper, pues quedan pocos ejemplares, aumenta la distancia entre ellos y disminuye la posibilidad de que se produzca una reproducción eficaz.

Lapas de Salvajes

La situación de Fuerteventura tiene además una dificultad añadida que limita una de las soluciones que parecerían más sencillas, traer ejemplares de la otra población conocida de Patella candei.

La especie está presente también en las Islas Salvajes, un pequeño archipiélago portugués situado al norte de Canarias. Allí existe una población mucho más saludable. Sin embargo, un estudio genético publicado en Conservation Genetics encontró diferencias genéticas significativas entre las poblaciones de Salvajes y Fuerteventura. El análisis, basado en miles de marcadores genómicos, concluyó que las translocaciones no son aconsejables. Introducir individuos genéticamente diferenciados podría tener consecuencias difíciles de predecir, como reducir su capacidad reproductiva o alterar la diversidad genética propia de la población majorera.

Es la razón que impide a Fuerteventura recurrir a su población hermana portuguesa. Necesita salvar sus propios ejemplares.

El cambio climático

El marisqueo ilegal es la principal razón de este declive, pero no la única. El nuevo estudio también analiza la evolución de las temperaturas del aire y de la superficie del mar y encuentra una tendencia al calentamiento durante las últimas décadas que podría estar afectando a la especie.

Solo se mantiene una población relicta en Jandía, donde hay 53 ejemplares

Los autores observan que algunos episodios de olas de calor precedieron a descensos importantes de la población registrados en años anteriores. “Lo detectó hace muchos años Jorge Núñez y lo hemos comprobado nosotros ahora, pues cuando hace mucho calor algunas lapas dan la impresión de que se están cociendo, y es posible que por eso tiendan últimamente a ocupar zonas más bajas donde la insolación es menor”, explica la doctora Aliende.

Aunque aquí la ciencia pide prudencia, pues es tan solo una hipótesis de trabajo. Los datos muestran una coincidencia y una posible relación, pero no permiten demostrar por sí solos que el calentamiento global sea causa directa del declive. Para comprobarlo serían necesarios experimentos específicos de laboratorio que permitieran conocer con precisión cómo responde al estrés térmico, algo de momento imposible de realizar dada la reducida población existente.

El escenario más probable es, por tanto, el de una especie sometida simultáneamente a varias presiones: una población reducida por décadas de explotación, pérdida y degradación del hábitat, capturas ilegales y unas condiciones ambientales cada vez más tropicales.

Al laboratorio

Conservar únicamente la pequeña población que queda no es suficiente. Los investigadores plantean dar un paso más y estudiar la posibilidad de cultivar ejemplares de Fuerteventura en laboratorio para, posteriormente, devolverlos al medio natural. No será fácil, pero la ciencia ha avanzado mucho en este sentido y ha logrado esperanzadores éxitos de cría en cautividad con otra lapa muy amenazada del Mediterráneo, la lapa ferruginosa (Patella ferruginea), lo que facilitaría el trabajo futuro con la majorera.

Sin embargo, resaltan los científicos, no se trata de una reproducción en el laboratorio que pueda ponerse en marcha de un día para otro. Antes es necesario conocer con enorme precisión cómo reproducir la especie, cómo mantener en buenas condiciones a los ejemplares fuera del mar, cómo garantizar su diversidad genética y en qué condiciones pueden sobrevivir y reproducirse después de ser liberados. Con tan pocos ejemplares como quedan en el mundo, extraer algunos del medio marino para desarrollar estos estudios podría poner en peligro a toda la especie si no se hace con todas las garantías.

El estudio propone además localizar nuevos enclaves con condiciones oceanográficas semejantes a las de Jandía, de modo que las futuras reintroducciones no dependan de un único punto de la isla. Hay refugios climáticos como el islote de Lobos, donde la especie se extinguió hace apenas 25 años a pesar de ser un espacio protegido y vigilado.

Para ello hará falta financiación y una investigación cuidadosamente diseñada. Cada ejemplar que queda en Fuerteventura tiene un valor extraordinario, pues es parte de una población genéticamente diferenciada que no puede ser sustituida simplemente trasladando animales desde otro lugar.

La lapa majorera lleva una década bajo un plan específico de recuperación del que la ciencia ha demostrado su ineficacia. La protección no ha conseguido rescatar su antigua distribución y el último refugio sigue siendo demasiado pequeño para garantizar un futuro mínimamente seguro. La oportunidad de salvarla todavía existe, pero ya no pasa únicamente por impedir que desaparezcan los pocos ejemplares que nos quedan.

Los investigadores del grupo ECOMAR de la Universidad de La Laguna consideran fundamental abandonar censos parciales que tan sólo confirman el desastre y poner en marcha un ambicioso proyecto científico, generosamente bien financiado, capaz de logar que su número aumente significativamente, permita crear nuevas poblaciones estables y recupere parte del litoral que Patella candei ha ido perdiendo en las últimas décadas. En una especie reducida a un último rincón de Fuerteventura, esperar a que la población se recupere por sí sola puede significar esperar demasiado.

Cómo distinguirla

La lapa majorera tiene una concha grande, muy alta, maciza y cónica, con la punta bien marcada, desplazada hacia la parte delantera y ligeramente curvada hacia delante. Además, suele presentar pocas costillas radiales marcadas y líneas de crecimiento concéntricas visibles cerca del borde.

La identificación no siempre es sencilla, especialmente en ejemplares pequeños, por lo que ante la duda conviene evitar recolectarla.

Su captura está prohibida durante todo el año por tratarse de una especie en peligro de extinción. Para las otras lapas (negra, blanca y curvina) en Fuerteventura está terminantemente prohibido el marisqueo de diciembre a abril y de julio a septiembre, por lo que si vemos a alguien este verano coger lapas hay que denunciarlo rápidamente al 112. Por cierto, el cada vez más amenazado mejillón canario está igualmente protegido y no se puede mariscar nunca.

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