La última santiguadora de La Oliva
A sus 93 años sigue tratando de sanar los males de los otros, con sus rezos secretos
Lucrecia Rodríguez empezó a curar con sus rezos secretos cuando tenía 14 años. Lo aprendió todo de su vecina doña Ana. Desde entonces es capaz de cortar los daños de los otros mientras deshoja un ramo de mimos, y va repitiendo en voz baja una letanía que solo ella conoce.
“Si no creen, mejor es que no vengan”. Lo dice como quien proclama uno de los mandamientos universales escritos en la memoria de todas las santiguadoras. Y después con esa tranquilidad de quien sabe de lo que habla, de quien sí cree firmemente en lo que hace cuenta hasta dónde se puede los secretos, quizás mejor, los ingredientes indispensables para saber y poder curar a los otros.
Lucrecia Rodríguez vive en una casa tranquila, con un jardín lleno de macetas de flores. Cada día se levanta y se santigua, y reza a sus santos, al Cristo, a la Virgen del Rocío, que alguien le regaló, y a Santa Rita, y también reza a los muertos, a sus muertos. A ellos les confía sus desvelos, y les habla, y ellos escuchan, lo hacen siempre.
Resulta fácil hablar con ella. De antes, de aquella Fuerteventura en la que todos eran más cariñosos, “la vida era más cariñosa”, dice, “no como ahora”. Entonces, la gente se paraba más con los otros, y se preguntaba por la salud de todos, y no existía ese trajín. Lo dice y se queda pensativa, y se acuerda de tantas cosas. La nostalgia regresa con ese halo de tela sedosa que envuelve, acaricia, reconforta: es como el abrazo silencioso de los que no están, de la infancia vivida, de los juegos, de las miradas ausentes. Por eso es tan difícil no caer en ella.
Lucrecia Rodríguez recibe peticiones de todas las Islas, y hasta de Madrid
A Lucrecia Rodríguez nunca le gustó eso de ir al campo a arrancar hierbas, y matojos, ella prefería quedarse en su casa, y pintar, calar hasta que después la señora Ana, una reconocida santiguadora de La Oliva, decidió entregarle sus secretos a aquella chica observadora que se quedaba mirando cómo hacía sus rezos, cómo entre murmullos repetía esas letanías y dichos secretos, que siempre deben decirse en voz baja, para que nadie lo escuche, para que nadie pueda romper este hechizo.
Y Lucrecia decidió seguir esos pasos, y lo hace sin pedir nada a cambio, ni siquiera la voluntad. Lo hace porque siente que puede hacer algo bueno. La gente de La Oliva, y del resto de Fuerteventura se lo agradece. Y de otras islas, y hasta de Madrid. No sabe cómo su fama de santiguadora se ha extendido y la llaman por teléfono y le mandan fotos para que rece, y les quite el mal de ojo, y el empacho, y las llagas en las piernas y hay futbolistas que van a su casa para que ella les dé buena suerte.
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Cada día se levanta y se santigua, y reza a sus santos y a sus muertos
Entonces sonríe, le hace gracia que los futbolistas también le pidan esos favores. Precisamente a ella, una amante reconocida del fútbol, sobre todo de su equipo, el Real Madrid. Lucrecia dice que en la vida lo que más le gusta es el fútbol y ver la novela, que acaba a las cuatro y media.
Todo lo cuenta con calma, sin prisas. Lucrecia parece una mujer sosegada, de las que dejan que el tiempo descanse, y se recline, y hasta bostece. Pero no. Lucrecia y sus 93 años no paran. Va a cursos de la memoria, y a gimnasia, y de vez cuando se acerca a los márgenes de la carretera, donde crecen los mimos, y arranca unos gajos de esa flor de hojas verdes brillantes, por si algún enfermo, una de esas personas afligidas que acuden en su ayuda, reclama uno de sus rezos.
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A sus 93 años sigue tratando de sanar los males de los otros, con sus rezos secretos
Sin desvelar muchos secretos, Lucrecia sí cuenta que ella cada vez que sana se pone mala: “Depende del daño que tenga esa persona, yo me pongo muy mal, puedo estar varios días fastidiada, y a veces, cuando el daño es muy grave, tengo que dejarlo”.
Le gusta recordar las palabras de agradecimiento que le dicen las personas que acuden a su casa, y después de recibir sus plegarias se sienten mejor, y le dicen que esa noche, por fin, pudieron dormir sin sobresaltos.
Después silencio: y entonces en una visita guiada por su casa muestra todos los cuadros al óleo que ha pintado, y cómo primero lo dibuja con un lápiz y después pasa el pincel, y les da forma, y color, los matices, y así en su casa pueden verse cuadros variados de frutas, y flores, y jarrones. También le gusta recordar aquella vez que se trajo de Ingenio dos maletas de tela para calar. Le encanta ese oficio, lo aprendió de su madre.
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Fue su vecina doña Ana la que le enseñó a santiguar cuando tenía 14 años
Hablar con Lucrecia Rodríguez puede llegar a convertirse en la auténtica cura. Sosegada, divertida, cuenta historias de ayer, y de hace años, y de aquella tarde, y de la última vez que habló con su marido, y todo aquello que le contó mientras la tarde cae y el sol rojizo hace su camino, y salta, y se esconde.
Como regalo final, y que no se puede decir en voz alta, Lucrecia desvela una plegaria mágica que va a impedir que alguien, sin querer, nos mire mal y entonces nos dé mal de ojo: “Tengo tres granos en el...”.
La risa hace su aparición. Es una risa contagiosa, desparramada, de esas que se extienden por toda la casa, que se cuela entre las grietas y que al final hace desparecer todos los males.
















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