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Bebés Reborn en Fuerteventura: ternura hiperrealista

El universo Reborn cuenta en Fuerteventura cada vez con más seguidores, desde personas mayores a un jovencito de diez años, que aprende a ser responsable jugando con su muñeco hiperrealista

Olga Hernández se recicló en artesana y ahora recibe pedidos de toda Canarias. Fotos: Rafael Fuentes.
Lourdes Bermejo 0 COMENTARIOS 16/04/2019 - 07:05

Despiertan tanta pasión como rechazo, pero muchas personas del universo Reborn (muñecos hiperralistas) aseguran haber cambiado su vida con la llegada de un bebé. Una de ellas es Olga Hernández, de Tarajal de Sancho, que a sus 51 años y después de trabajar en distintos sectores, como las tomateras o el turismo, se ha “reinventado” como artesana de bebés Reborn.

Ahora recibe encargos de toda Canarias y, aunque hasta la fecha ha trabajado con material de vinilo, está formándose para dar el salto a la silicona, “que transmite una sensación mucho más real”, dice. Incluso está acondicionando su taller para trabajar a mayor escala e incluir una exposición.

El precio es mayor para los Reborn de silicona, que alcanzan los 6.000 euros, si además cuentan con extras como respiración o aparato digestivo, frente a las piezas de entre 190 y 600 euros de vinilo.

En el mercado dominical de La Lajita, las creaciones de Olga causan sensación y, aunque los niños “se ven muy atraídos” por los bebés, muchos adultos miran con extrañeza estas delicadas piezas. Las anécdotas se cuentan por cientos cuando uno va con un Reborn por la calle. “Yo fui a buscar a mi Casandra a Gran Canaria. En la guagua al aeropuerto, una señora se levantó para que me sentara. Le dije: ‘Es una muñeca’ y pareció espantarse”. También me ocurrió en la puerta del avión, cuando me pidieron el billete del bebé, recuerda, divertida, aunque reconoce que algunas veces, ha habido comentarios muy hirientes. “Te dicen que parece un bebé muerto o que es una aberración”, cuenta Olga.

Sin embargo, el Reborn tiene una función terapéutica. Nació en la Alemania de la segunda Guerra Mundial, cuando las madres rehacían las muñecas de sus hijas en las largas horas en los refugios durante los bombardeos. Posteriormente, se dio el salto a Estados Unidos, donde la técnica se ha perfeccionado de tal forma que ha dado pie a un auténtico fenómeno global. 

A la hora de entregar un Reborn, se incluye una pulsera identificativa y un certificado de nacimiento que especifica el peso y el tamaño del bebé, así como los nombres de sus padres. “Por eso es bueno que ya se haya elegido el nombre antes de la adopción”, explica Olga.

Los ‘bebés’ tienen varios usos, desde el terapéutico al simple coleccionismo. El precio es mayor para los Reborn de silicona, que alcanzan los 6.000 euros

En el mundo Reborn, no se habla de compra. Olga entrega como obsequio una canastilla que incluye dos pañales, un biberón, keratina para el cuidado del pelo, cepillo, peine y un juguete o sonajero.

Esta amable artesana se ha convertido en la madrina de sus creaciones. Tanto es así, que algunas madres la llaman “la tita” cuando llevan a sus muñecos a revisión, para que Olga compruebe su mantenimiento, ya que sus materiales son delicados.

“Es como ir al pediatra, nosotras vestimos a los bebés y nos vamos a ver a la tita Olga”, explica Carmen Rosa Medina, una de las miembros de este entrañable club. Todas las mujeres de la familia tienen hijas artesanales. Su madre, tres; su hermana, cuatro, contando las dos de sus sobrinas pequeñas; y ella misma, otras tres, Lucía, Noa y Mía, aunque ahora asegura: “Quiero ir a por el niño”.

Carmen Rosa puntualiza que los amantes de los Reborn no están locos ni confunden la realidad. “Sabemos perfectamente que tenemos un muñeco en los brazos, pero hay que reconocer que transmite una sensación que revive la ternura maternal”, apunta.

Para esta comerciante de Puerto del Rosario, propietaria de la tienda Hipo de la calle León y Castillo, el rechazo que los muñecos hiperralistas provocan en algunas personas se debe a la falta de información. “Actualmente, se están llevando a cabo terapias con personas mayores, en las residencias, o con pacientes con Alzheimer”, explica. Y es que, aunque es falso, la sensación que provoca es auténtica. De hecho, Olga explica el interés que le han trasladado los profesionales de la residencia de Tarajalejo por contar con uno de estos bebés terapéuticos para sus residentes.

El fenómeno tiene otras muchas vertientes. Una de ellas es el coleccionismo. “Ello conlleva un mantenimiento, una atención de las piezas de colección, ya sea sellos, libros antiguos o, en este caso, Reborn”, señala Carmen Rosa.

Los materiales necesitan un tratamiento especial, empezando por el pelo, que es natural y se inserta barba a barba (conjuntos de tres pelos, que a veces hay que rebajar para evitar la apariencia geométrica). También el vinilo puede deteriorarse y apelmazarse, por lo que conviene tratarlo. Es necesario ocuparse al menos una vez a la semana de este aspecto, algo que, por otra parte, linda con la otra vertiente del mundo Reborn: la ilusión de atender a un bebé.

“Mi hermana se toma la molestia de cambiarles a todas de ropa a diario, incluso las acuesta con su pijama. Yo no tengo tiempo, pero es verdad que ella también utiliza esta rutina para educar en la responsabilidad a sus hijas. Mis sobrinas, aunque son aún pequeñas, ya saben que hay que cuidar a los bebés, que no son como otros muñecos y necesitan una atención. Ellas mismas se implican en el cepillado del pelo o la aplicación de la keratina”, explica.

Sin embargo, para ser piezas de colección, el trato que se dispensa a los Reborn no es precisamente el que se tendría con una cerámica. Los bebés salen a pasear en sus cochecitos, tienen toda clase de complementos, desde elaboradas cunas a trajecitios de punto o ganchillo hechos a mano, incluso llevan los clips de chupete y las esclavas que usaron de pequeños sus ‘hermanos’ de carne y hueso. Carmen dice que aprovecha las rebajas para ir de compras, un hobby que supone algunos cientos de euros al año.

Tampoco se trata a los Reborn como a una pieza inerte. “Cambié las cunas que tenía en mi habitación y las bajé al salón porque me daba pena de que no tuvieran contacto humano. Ahora toda la familia vemos junta la televisión”, bromea Carmen, que asegura que esta curiosa afición ha calado en el núcleo familiar y hasta su hijo saluda a los bebés como a sus hermanas.

Los bebés salen a pasear en sus cochecitos, incluso llevan los clips de chupete y las esclavas que usaron de pequeños sus hermanos de carne y hueso

Incluso los esposos de Olga y Carmen conviven con naturalidad con este apasionante mundo que, en el caso de Olga, fue un bálsamo en un difícil momento anímico. “Mi marido es mi cómplice”, dice, agradeciendo con emoción la compresión de su pareja en todo cuanto hace.

El progresivo conocimiento de este mundo está abriendo el perfil de aficionados. En Fuerteventura ya hay un niño de 10 años que cuida de su propio bebé. “Lo pidió por Reyes y nosotras nos encargamos de prepararle el cochecito. Ahora, el chico, que es muy responsable, ahorra para comprarle ropa”, explica Carmen.

En el otro extremo de la franja de edad está la propia madre de Carmen, Carmensa, de 70 años, que vio la luz con su primer bebé Reborn y ahora tiene tres, entre ellas una de apariencia de dos años, con unos enormes ojos azules, llamada Mía.

Los lazos entre adoptantes traspasan edades y convenciones sociales, ya que lo que comparten es ni más ni menos que una sensación de “paz y ternura” tan hiperralista como el propio Reborn.

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