EL PASO DE LA LEGIÓN POR LA ISLA

Asesinatos, secuestros y robos: la huella de la Legión en Fuerteventura

La presencia del cuerpo militar en la Isla estuvo marcada por sucesos que ocuparon titulares nacionales y alimentaron durante años la preocupación de la población majorera

Eloy Vera 0 COMENTARIOS 28/06/2026 - 08:03

El paso de la Legión por Fuerteventura dejó un reguero de noticias que alimentaron durante años la crónica negra del país. Secuestros de aviones, asesinatos, intentos de atentados y trifulcas callejeras saltaron a las portadas de la prensa nacional, mientras el temor y el miedo no paraban de tocar en las puertas de los majoreros.

La salida de España del Sáhara en noviembre de 1975 devolvió a Fuerteventura al grupo de majoreros, en torno a unos mil, que tiempo antes habían hecho las maletas y viajado a la antigua provincia española en busca de un futuro laboral. También arrastró hasta la Isla a los legionarios del Tercio Don Juan de Austria de la Legión, una fuerza militar de élite fundada en 1920 por el general golpista José Millán-Astray.

Fuerteventura se despertó en diciembre de 1975 con la venida de los primeros legionarios. La noticia de su traslado había llegado meses atrás envuelta en mensajes de progreso y desarrollo económico.

La bienvenida inicial pronto se tradujo en malestar entre sus vecinos, sobre todo entre los de Puerto del Rosario que vieron cómo su población, de unas 8.000 personas, se incrementaba con la llegada de unos 3.000 efectivos a los que habría que sumar una corte de personas, sobre todo prostitutas y comerciantes, dispuestas a saciar la demanda de los legionarios.

De un día para otro, los majoreros tuvieron que acostumbrar sus ojos a ver a legionarios paseando por las calles de la capital con la metralleta sobre el hombro. Mientras estos campaban a sus anchas, el fantasma de la inseguridad empezaba a sobrevolar la Isla. De la noche a la mañana, sus vecinos tuvieron que familiarizarse con la idea de echar el cerrojo a la puerta de su casa.

Desde mediados de los sesenta, Fuerteventura aspiraba a subirse al tren del turismo. Cuando apareció la Legión, en el norte el Hotel Tres Islas y en el sur el Hotel Casa Atlántica llevaban años recibiendo visitantes. Playa Blanca, al lado de la capital, se proyectaba como un nuevo paraíso turístico que vio frustrado su desarrollo con la llegada del cuerpo militar.

El periodista Tero Brito era conocedor de las andanzas de la Legión en el Sáhara durante la época en la que el majorero residió en El Aaiún. Reconoce “el impacto enorme” que supuso su llegada a la Isla. Con ellos se desplazó un contingente de personas, entre ellas numerosas mujeres que se dedicaban a la prostitución en locales de El Aaiún y Villa Cisneros.

 Se establecieron en Playa Blanca donde Chaker Laoud, un libanés nacionalizado francés, había construido una fila de apartamentos de dos plantas y locales comerciales. Todo el conjunto terminó alquilado y abriendo como bares y prostíbulos. En Fuerteventura, señala el periodista, “no existía la prostitución hasta que llegó la Legión y las prostitutas se asentaron en Playa Blanca. Imagina lo que implicaba eso para la Isla”.

Los incidentes no tardaron en llegar. Robos, peleas callejeras, consumo de droga y prostitución empezaron a  campar a sus anchas por la capital.

Tres legionarios y dos civiles intentaron estallar un artefacto en el Hotel Maxorata

En un reportaje de Cuadernos para el Diálogo, el periodista José Díaz Herrera ponía cifras: entre el 1 de diciembre de 1975 y el 9 de febrero de 1976 el número de asuntos penales incoados en el Juzgado de Instrucción de Puerto del Rosario fue de 124, en algunos de los cuales la jurisdicción ordinaria se inhibió a favor de la militar. Según otro informe, al que tuvo acceso el medio, se explicaba cómo “el incremento de hechos delictivos en el periodo citado es casi el doble al número ocurrido en los diez meses anteriores”.

En febrero de 1976 se solicitó una manifestación bajo la consigna “queremos que se devuelva la paz y tranquilidad a Fuerteventura” y ante “la súbita aparición de una incontrolada ola de criminalidad y desórdenes de todo tipo que alteran gravemente la paz, tranquilidad y normal convivencia ciudadana existentes hasta hace escasamente tres meses en Fuerteventura”. Un grupo de majoreros llegó a solicitar al Ministerio de Justicia que la Isla fuera declarada “zona de peligrosidad social”.

Entierro de Pablo Espinel.

Pablo, el primer muerto

Apenas unos meses después de llegar la Legión a Fuerteventura, el 27 de abril de 1976, el alcalde pedáneo de Guisguey, Pablo Espinel de Vera, de 43 años, se convertía en la primera víctima mortal de la Isla a manos de la Legión. Ese día tres legionarios se le acercaron mientras hacía las tareas de labranza cerca de su casa. Al poco, le dispararon. Espinel entró en la vivienda y volvió a salir con una escopeta para defenderse. En ese momento, dos de los legionarios lo ametrallaron.

Su hermano Benito contaba muchos años después el suceso a David de León, presidente en aquel momento de la Asociación de Vecinos Los Pajeros de Guisguey. Sus declaraciones aparecieron en prensa en un artículo firmado por De León: “A mi hermano le hirieron aquí, junto al horno, donde cayó su sombrero, corrió hasta la casa para coger su pistola para defenderse y en ese momento las metralletas”. Los legionarios Andrés del Teso y José Gaspar Piris fueron acusados de su muerte y condenados a 30 años de prisión por un tribunal militar.

En 1982, un cabo de la Legión acabó con la vida de tres turistas en el sur de la Isla

El 12 de mayo de ese año el presidente del Cabildo, Santiago Hormiga Domínguez, resultaba herido en un accidente de tráfico después de que un coche, con un legionario al volante y a 140 kilómetros por hora, chocara contra el del mandatario. Tras dos semanas hospitalizado, fallecía el día 26.

La Fuerteventura que hasta aquel entonces luchaba por que se abrieran carreteras y el agua corriente llegara a las casas tenía ahora que hacer frente a situaciones violentas que jamás rondaron por la cabeza de sus habitantes: incidentes callejeros entre legionarios, vestidos de uniforme, y jóvenes civiles; peleas entre legionarios, alguna de ellas acabó con muertos; asaltos y robos a taxistas como el ocurrido en septiembre de 1977 a Juan H. Padilla, en Lajares, o un año más tarde a Antonio Curbelo; el asalto a la Caja Insular de Ahorros en Pájara durante unas maniobras militares...

Desfile de legionarios en Fuerteventura. Foto: José A. Sierra / Revista Malpaís.

Los desertores

Las trifulcas y los sucesos solían estar protagonizados por desertores. Era frecuente la deserción armada de los legionarios que vagaban y se dedicaban a hacer canalladas por la Isla hasta ser capturados. El periodista Pedro Costa publicaba en Interviú: “El principal problema lo constituyen los desertores, los que huyen del acuartelamiento provistos de armas y se dedican a hacer fechorías hasta que son detenidos”.

“La gente que vivía sola en el campo o en cualquier descampado o diseminado tenía miedo de que les pudiera aparecer un desertor en cualquier momento”, recuerda Tero Brito. Y añade que “el desertor tenía que buscar una vía para echarse fuera de Fuerteventura”.

Las trifulcas y los sucesos solían estar protagonizados por desertores

Y buscaron esa salida a través del mar. En septiembre de 1979, dos legionarios desertores secuestraron las embarcaciones Gloria y Evelia de la bahía de Puerto del Rosario. Los legionarios fueron localizados a cinco millas en dirección a África por el pesquero Caridad. Tres años antes, dos belgas y dos franceses, alistados en la Legión, habían secuestrado la embarcación Acrón.

Gerardo Mesa fue presidente del Cabildo durante los años más convulsos de la Legión en Fuerteventura y una de las voces más críticas con la instalación del cuerpo en la Isla. Sentado en el despacho de su casa, recuerda que muchos de aquellos legionarios eran gente  extranjera, alistados en la Legión, que “iban en busca de sangre y aventura. Esa fue la gente que vino a Fuerteventura, pero aquí se encontraron con que no había nada de eso”.

“No estaban contentos con seguir y querían marcharse; salir a escondidas del cuerpo y lo intentaban robando barcos”, explica Gerardo. A mitad del camino, se encontraban con que no sabían manejarlos y los destrozaban contra los riscos. Los dueños, explica el expresidente del Cabildo, iban a hablar con el coronel y “este les decía cuánto vale tu barco: 10.000 pues toma 12.000 y no digas nada. Cuando la gente protestaba, el coronel del Tercio decía ‘tampoco es para quejarse mucho porque ahora los majoreros no tienen que salir de Fuerteventura para ir de putas’”.

Intento de atentado

A principios de octubre de 1981, tres legionarios y dos civiles fueron detenidos por la Guardia Civil acusados del intento de colocar un artefacto explosivo en el Hotel Maxorata, en Tarajalejo.

Fermín Silvera era director del hotel en aquellos momentos. Cuarenta y cinco años después, recuerda el incidente: “En la discoteca del hotel, un legionario, con cargo de brigada, invitó a bailar a la gobernanta. Esta se negó. Entonces, él le enseñó la pistola que tenía en el pantalón. Se asustaron y me llamaron”.

Cuando Fermín llegó al hall del hotel se encontró al legionario apuntando con la pistola a la cabeza del recepcionista. “Conseguimos tirarlo al suelo y quitarle la pistola. La guardé en la mesa del despacho. Llamamos a la Legión y llegaron en un jeep cinco legionarios con ametralladoras, a manos de un capitán”, recuerda.

“La gente que vivía en el campo o diseminados tenía miedo”, señala Tero Brito

Al día siguiente, le llamó el coronel de Puerto del Rosario para convencerle de que no denunciara al hombre con el argumento de que era un padre de familia, con tres hijos. Fermín no lo denunció con la condición de que el legionario no volviera a aparecer por el hotel. Sin embargo, los jefes no pasaron por alto el suceso y lo enviaron unos meses a los calabozos.

Cumplida la sanción, ideó la venganza: volar el Hotel Maxorata, con una granada, varios metros de mecha y Goma 2 colocando el artefacto junto a las bombonas de gas butano del hotel. La Guardia Civil se enteró del plan y pudo abortarlo. 

En enero de 1982 el estómago de los majoreros volvía a encogerse. Un triple crimen a manos del legionario desertor Henri Jean Boix sacudía la Isla y ponía, de nuevo, a Fuerteventura en las páginas de la prensa nacional.

El 18 de enero aparecían enterrados en la arena de Costa Calma los cuerpos del matrimonio alemán Joseph Johan Etchard Dodel, de 68 años, y el de su mujer Babette Maria Geb-durst Dodel, de 66 años. Henri Boix, un cabo francés de 25 años, confesó haberles disparado para robarles la furgoneta y luego irse de discotecas a Puerto del Rosario.

El 23 de ese mes el periódico El País titulaba “Legionario desertor, acusado de matar a un turista en Fuerteventura”. Tras ser detenido por el doble homicidio del matrimonio alemán, Henri Boix confesaba haber matado días antes al turista francés Rene Víctor Aymeris, de 66 años. Tras dispararle a la cabeza, se deshizo del cadáver arrojándolo a un pozo en el valle de Agando, en Tuineje.

Tero Brito cubrió el triple crimen para El Eco de Canarias. “La noticia tuvo mucho impacto dentro y fuera de Fuerteventura y acrecentó el miedo que ya había en la Isla”, recuerda el periodista que tuvo que batallar más de una vez con la Legión para poder hacer su trabajo. “No nos miraban con buenos ojos. Nos decían que exagerábamos, pero no era opinión sino información lo que yo hacía”, defiende.

Secuestro de aviones

El 5 de agosto de 1979 Fuerteventura centró las miradas de medio mundo. El DC-9 de la compañía Iberia aterrizó en la pista del Aeropuerto del Matorral con 90 pasajeros a bordo. Cuando faltaban seis personas para desembarcar, tres legionarios, dos franceses y un chileno, irrumpieron en el avión, armados de metralletas, anunciando un secuestro.

El avión despegó. Intentaron aterrizar, sin recibir permiso, en Nigeria, Marruecos y Argelia. En Lisboa liberaron a los pasajeros y parte de la tripulación y siguieron hasta Ginebra donde fueron detenidos.

Tras el secuestro, se ordenó el vallado de todo el aeropuerto. Pusieron al ejército a custodiar las instalaciones. Uno de los legionarios, que tenía el cometido de vigilar las instalaciones, intentó secuestrar un avión DC-9 de Iberia el 22 de junio de 1982.

“Con la Legión pasó lo que nunca antes había pasado en Fuerteventura. Su estancia fue un desastre. Además, hubo una falta de planificación del Estado que no veía lo que estaba pasando en la Isla”, sostiene Tero Brito.

Poco a poco, la Legión fue reduciendo su actividad delictiva hasta llegar a convivir en una aparente armonía con la población local. Llegó un momento en el que para entrar en la Legión se arbitraron unas nuevas normas de alistamiento más en sintonía con la búsqueda de un ejército profesional. Para la historia quedaba el reclutamiento de proscritos y mercenarios extranjeros. El periodista Tero Brito suele decir que los legionarios llegaron a la Isla “barbudos y se fueron lampiños”.

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