CULTURA

Sobre santiguados y cuentos de brujas

Un documental sobre la figura de las santiguadoras, protagonizada por Lucrecia Rodríguez y sus rezos, y la aparición de las brujas buenas de Fuerteventura, se podrá ver en La Oliva con motivo del Día de los Finados

Concha de Ganzo 0 COMENTARIOS 30/10/2026 - 14:05

“Si no creen, mejor es que no vengan”. Lucrecia Rodríguez, la santiguadora de La Oliva proclama esta sentencia como uno de sus mandamientos. Una certidumbre que la acompaña desde que tenía 14 años cuando la señora Ana le enseñó sus secretos. A sus 94 años sigue sanando a los otros, sin pedir nada a cambio, ni siquiera la voluntad.

Lucrecia Rodríguez vive en una casa tranquila, en una casa con un jardín lleno de macetas de flores. Cada día se levanta y se santigua, y reza a sus santos, al cristo, a la virgen del Rocío, que alguien le regaló, y a Santa Rita, y a la virgen de la Peña, y también reza a los muertos, a sus muertos. A ellos les confía sus desvelos, y les habla, y ellos escuchan, lo hacen siempre.

Lucrecia Rodríguez es uno de las últimas santiguadoras de La Oliva. Por su casa han pasado tantos, en busca de consuelo, y de cuidados del cuerpo y también de la mente. Y después con esa tranquilidad de quien sabe de lo que habla, de quien sí cree firmemente en lo que hace cuenta, hasta dónde se puede, los secretos, quizás mejor, los ingredientes indispensables para saber y poder curar a los otros. Sobre todo, esa determinación, la certidumbre de querer ayudar. Sin más.

Una sabiduría que se transmite

Cuenta la antropóloga María Elena Gutiérrez que la figura de las santiguadoras siempre fue una presencia constante y habitual en la historia de Fuerteventura y de Canarias. “En cada casa había una María que se dedicaba a los santiguados”. Y es preciso situar a estas personas, generalmente mujeres, que se dedicaban a ayudar a los demás, a prestar su apoyo, cuando la realidad era mucho más pobre, y desprotegida. Y darles su importancia dentro de esa cultura popular, que las coloca como un patrimonio inmaterial.

El documental sobre La Santiguadora se emitirá en La Oliva dentro de los actos dedicados al Día de los Finados

Cuando alguien se ponía malo siempre aparecían ellas, era lo normal. La comunidad se volcaba, y esa sabiduría que se transmitía en el tiempo mantenía viva un cúmulo de recetas, de rezos, de yerbas con las que sanar el mal de ojo, el empacho, de quitar el sol, y sobre todo de ofrecer esos cuidados que servían para sanar y aliviar la sensación de desamparo.

En ese mundo mágico, y de transmisión de secretos, existía el convencimiento de que un santiguado podía curar el cuerpo y la mente.

Hablar con Lucrecia Rodríguez puede llegar a convertirse en la auténtica cura. Sosegada, divertida, cuenta historias de ayer, y de hace años, y de aquella tarde, y de la última vez que habló con su marido, y todo aquello que le contó mientras la tarde cae y el sol rojizo hace su camino, y salta, y se esconde.

Esta incuestionable herencia de conocimientos y formas de entender la vida, pueden ser desdeñados, como si no formaran parte de la memoria, del patrimonio. Habrá que imaginar otras realidades, ese mundo difuso en el que hay cabida para todos, donde vivos y muertos conviven, recuerdan y sufren. Mientras se asoma la magia como esa gasa fina que envuelve en un abrazo que a veces no entendemos.

El documental

Con motivo de la festividad de Los Finados podrá verse en La Oliva un documental, realizado por Concha de Ganzo, titulado La Santiguadora, Líbranos del Mal, en el que se recogen los rezos secretos de Lucrecia Rodríguez, y además cuenta con la participación de la antropóloga María Elena Gutiérrez que pone en valor la singularidad y la importancia de mujeres como Lucrecia, heredera de una costumbre que se ha transmitido, de casa en casa, a través de un hilo invisible de sabiduría.  También interviene el historiador Pedro Carreño, destacando la importancia de las leyendas en una Fuerteventura que se abraza a la magia de una manera natural y sosegada.

Cada día, Lucrecia Rodríguez se levanta y se santigua, y reza a sus santos y a sus muertos

Y hay que mencionar la participación de un grupo de actrices de la isla, Francisca Medina, Leticia Martel, Inma Machuca, Carmen Andrada y Lucrecia Romero, que vestidas de luto caminan hacia la cruz de Fimbapaire en una escena sobrecogedora. La música y la voz de Fabiola Socas envuelven esta historia en un halo de misterio. La fotografía es obra del majorero Carlos de Saá.

Este documental de 24 minutos está patrocinado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de La Oliva y cuenta con el apoyo del Servicio de Patrimonio Cultural del Cabildo. Se proyecta en los actos del Ayuntamiento programados para este domingo, 1 de noviembre, a las 19.00 horas, en la iglesia de la Candelaria.

Las brujas buenas de Fuerteventura

Y en este mundo mágico, donde todo era posible, Fuerteventura se ilumina y deja una estela de leyendas, de hechizos, de niñas que atraviesan una madriguera, y caen y se levantan. Llega el tiempo de las brujas. Las brujas buenas de Fuerteventura.

A diferencia de lo que sucede en otras islas y en otras comunidades, con los famosos aquelarres y las meigas, en las que se dibuja una imagen de bruja como de vieja encorvada, de ojos saltones, fea y dispuesta a elaborar bebedizo secretos con los que realizar daños, las brujas en Fuerteventura son esencialmente buenas. Así lo relata la antropóloga, María Elena Gutiérrez que ha dedicado parte de su trayectoria profesional a indagar en estas mujeres: en esos mundos mágicos, paralelos, casi como una particular y sorprendente Alicia en el País de las Maravillas donde, “cualquier mujer de la isla aprovechaba para reunirse con otras mujeres, mostrarse libre, y también para burlarse de los hombres. Algo que no podían hacer en su vida real y cotidiana”.

Las brujas en Fuerteventura eran sobre todo buenas. Y en ese mundo mágico podían transformarse, bailar desnudas, ser libres y burlarse de los hombres

No se puede obviar que a lo largo de la historia las figuras femeninas estaban sujetas a la voluntad de sus padres, maridos y hermanos. No podían tomar sus propias decisiones ni siquiera, aunque ellas fueras las herederas de tierras o de grandes fortunas, ellos mandaban.

A través de la cultura de trasmisión oral, los cuentos de brujas se mantienen como pequeñas joyas, la fuerza de la palabra ha formado un hilo invisible que han heredado generaciones de mujeres hasta llegar a perfilar este mundo de hechizos, y de magia, donde ellas podían ser, sobre todo, mujeres libres.

María Elena Gutiérrez recuerda uno de esos cuentos que relataban las mujeres de su familia, su madre y sus tías, de un marido desconfiado que descubre una plegaria secreta, la dice, y aparece en medio de un grupo de brujas que bailaban desnudas. Al ver a su mujer, este hombre le pregunta, qué haces aquí, y ella le responde, no, qué haces tú aquí. Ese mundo femenino no le pertenecía, era el espacio en el que ellas podían ser y mostrarse como querían. Un mundo totalmente distinto al real, al que vivían de manera cotidiana.

Y para salir de ese encuentro de brujas, la mujer le dice al marido desconfiado que ahora tendrá que besarles el culo a todas ellas.

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