Andrea Frongia: fotografía minutera contra la velocidad del mundo
La fotógrafa italiana recupera en Fuerteventura una técnica que se convierte en una forma de detenerse, conversar y volver a lo tangible
Quedarse quieto, posar, no mirar el teléfono, no hablar demasiado y esperar. Cuando una persona se pone delante de la cámara de Andrea Frongia debe hacer algo que, en estos tiempos, casi parece un reto: concederse unos minutos sin prisas. Esta fotógrafa de origen italiano hace siete años que se enamoró de la Isla y se trajo con ella hasta Betancuria una pasión y un deseo, el de volver a disfrutar de los momentos. Tenía claro el objetivo y encontró en una cámara minutera del siglo XIX la herramienta perfecta.
Medir la luz, enfocar, exponer el papel fotográfico, revelar y fijar la imagen hasta que aparece el negativo. “La emoción de ver el resultado final solo la conserva la fotografía analógica” y eso es lo que a Andrea le apasiona. “A día de hoy, 10 minutos es muchísimo”, confiesa, y de esa espera nace la magia, la conversación, esa conexión fugaz entre desconocidos que se encuentran por casualidad.
“Es una experiencia” y de sus palabras se lee que no habla solo de la fotografía. La fotografía minutera llegó a su vida como quien encuentra la pieza que le faltaba al puzle. Andrea Frongia es de La Spezia (Cinque Terre), en Italia. Llegó a la Isla para visitar a sus padres y ya no se marchó más. Estudió en Bruselas, en una escuela especializada en fotografía analógica y revelado, en la que ya a los 24 años aprendió a trabajar con carretes, fotografía en blanco y negro y técnicas de revelado en cuarto oscuro. “Cuando descubrí la fotografía minutera me pareció que era perfecta para mí”.
La fotografía minutera es mucho más que una cámara antigua, guarda en su interior el misterio de las cosas hechas con paciencia. Ella lo define como “un cuarto oscuro portátil” y es que no solo nace la imagen, se revela, sin estudios, sin laboratorios, sin tarjetas de memoria y sobre todo, sin pantallas. Aprendió esta técnica a través de un fotógrafo minutero de Tenerife, que le enseñó el procedimiento y el oficio, patrimonio cultural inmaterial de Canarias. “Todo lo que conozco es gracias a él”, reconoce agradecida.
Sin embargo, para ella, más allá del rico archivo histórico que se guarda en esos retratos instantáneos de las calles de otro tiempo, la fotografía minutera tiene un efecto tan natural como necesario. La gente se sienta, conversa, espera y durante unos minutos deja de correr, se sacude las prisas para volver a conectar.
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“Esta tipología de fotografía se hace en la calle porque ha nacido en la calle”
Su cámara es una reproducción de una Instant Box Camera que, como las de la época, también guarda su propia historia. La cámara llegó desmontada y su padre la montó pieza a pieza. Desde entonces, la lleva con el peso liviano de hacer lo que ama a las calles, que confiesa que son su hábitat natural.
“Me gusta la calle porque creo que es el lugar más auténtico”, explica, más aún en tiempos donde las relaciones se escriben a través de las redes sociales, las conexiones duran apenas unos minutos y las conversaciones se desarrollan detrás de una pantalla. “Sentía la necesidad de volver a la calle y hablar con las personas que me cruzo, compartir con ellas, con la gente que por casualidad pasa por allí y se interesa”.
Hablan de la cámara, de la fotografía, de la Isla, de planes... en un contacto directo con la gente donde poder mirar de nuevo a las personas a los ojos. “Esta tipología de fotografía se hace en la calle porque ha nacido en la calle” y no sería la misma en otro lugar. “Volver a la calle es recuperar la relación con los demás, el cara a cara”, y eso para ella, confiesa, es también una actitud.
Una cámara antigua, en un lugar de paso llama la atención. “Es grande, es diferente, la acompaño con fotografías en blanco y negro” y así su espacio de trabajo se convierte también en una invitación a parar y preguntar. De todas las conversaciones y desconocidos que se acercan, confiesa que tiene a sus favoritos.
“Me emociona especialmente cuando despierta la curiosidad de gente joven, de unos 20 años”, reconoce, “me hace pensar que todavía existe interés por aquello que puede tocarse” y que en un mundo frenético lleno de materiales efímeros “hay esperanza”. Para ella es paradójico que hoy, el momento de la historia donde más fotografías se hacen cada segundo, en el que todo el mundo tiene un teléfono con miles de imágenes en su bolsillo “las fotos ya no existen más”. Ya no se pueden colgar, ni tocar, “están todas en una nube”. La fotografía minutera no solo guarda la magia del recuerdo tangible, sino que es única, y por eso para ella “esa curiosidad de los jóvenes, que son de otro tiempo, tiene un valor especial”.
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“Me emociona especialmente cuando llama la atención a la gente joven”
La reacción de los más jóvenes al ver la fotografía se repite en niños, mayores, turistas y locales. “Les enseño primero el negativo, donde los negros son blancos y los blancos, negros” y para las nuevas generaciones eso es algo difícil de interpretar. Cuando llega la imagen definitiva, la reacción es siempre la misma: la emoción. “Muchos no esperan el resultado que van a encontrar, no es una Polaroid y eso les sorprende”. Capturar un momento y hacerlo inmortal es “algo que toca mucho y esto es lo que me gusta”.
Su negocio bebe de esa idea, que confiesa que le encanta. El proyecto fotográfico de Andrea se llama Ámbrotos, un nombre relacionado con la ambrotipía, una antigua técnica fotográfica sobre placa de vidrio. “Ámbrotos significa inmortal en griego”, un término que está profundamente unido a la fotografía analógica, que permanece. “Quiero compartir el sentido de realizar una fotografía con la luz, con los químicos, como se hacía en el siglo XIX”, para defender el valor de lo auténtico, “no 100, no 200, no una SD en el teléfono, es una fotografía que es un recuerdo” y que se puede tocar.
La emoción
La fotografía minutera para ella es un oficio pero también una forma de entender la vida, de resistencia a un mundo que va demasiado deprisa. “Ya nadie lleva una cámara de fotos colgando al cuello”, y llegas de un viaje “y no tenemos fotos en realidad”. Por eso reivindica “totalmente lo contrario”. Parar, mirar, posar, hablar, esperar... “Pensábamos en el futuro como algo que estaba lejos, pero ya está aquí, ya vivimos en un mundo con robots, que son capaces de suplantarnos y hacer las cosas por nosotros”.
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“Nos acercamos a que la verdadera moda sea volver hacia atrás”
Para Andrea, hay algo que los robots y la inteligencia artificial no podrán sustituir: la emoción. Cree que parte del interés actual por lo analógico nace precisamente de esa saturación de lo inmediato. “Yo creo que cuanto más adelante vamos más nos acercamos a que la verdadera moda sea volver atrás”, no solo en la fotografía, también en la moda, en el regreso al campo o en la artesanía. “Volver atrás es lo que nos queda, volver a ser personas productivas, pero a nivel emocional, que es lo que le falta a toda la tecnología, las emociones”.
En la plaza de Betancuria, justo frente a la Iglesia de Santa María, todas las mañanas los vecinos, turistas y amantes de la fotografía pueden encontrar a Andrea, con su cámara de madera, haciendo algo aparentemente sencillo y cada vez más extraordinario: que el mundo se detenga a mirar.
















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