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“Hasta que no ves las tumbas no se cierra el duelo”

Margaryta Yakovenko, periodista y autora de ‘Ocupación’

Álvaro Lucas 0 COMENTARIOS 16/10/2026 - 05:52

Margaryta Yakovenko (Tokmak, 1992) es periodista y escritora. Nacida en Ucrania, durante su infancia se trasladó a España junto a su familia. Estudió Periodismo en la Universidad de Murcia y el máster de Periodismo Político Internacional en la Universidad Pompeu Fabra. Ha trabajado en medios como PlayGround, El Periódico de Catalunya y La Opinión de Murcia. Actualmente trabaja en El País. Su segunda novela, Ocupación (Seix Barral, 2026) indaga en la historia de su familia, haciendo un ejercicio de memoria que sirve para entender los cambios ocurridos en el este de Ucrania desde el Imperio zarista hasta nuestros días. La autora visita la Isla este mes con motivo de la Feria del Libro de Fuerteventura. El acto tendrá lugar el domingo 18 de octubre a las 18.15 horas en la carpa Josefina Plá.

-Visita la Feria del Libro de Fuerteventura para presentar ‘Ocupación’, su segunda novela. ¿Qué importancia tiene para una autora estar presente en las ferias del libro y eventos similares, en contacto con el público?

-Los autores escribimos en nuestra casa, en soledad, y una vez sale el libro, dura unas semanas en las estanterías de las librerías hasta que desaparece, dejando de existir. Tener contacto con los lectores en eventos y ferias del libro te hace sentir muchas cosas. En este momento tan deshumanizador en el que prima el uso masivo de las redes y de la inteligencia artificial, te das cuenta de que al otro lado hay personas reales. Cuando las ves en directo y te dicen lo que opinan del libro, la gratificación es muy grande. Creo que es de lo más bonito que le puede pasar a una autora. Y, sobre todo, el hecho de que el libro se vaya moviendo de un sitio a otro hace que esté vivo.

-¿Qué le llevó a usted escribir ‘Ocupación’?

-Es uno de esos libros que nunca fueron planeados, sino que surgió por una necesidad. No me senté con el ánimo de escribir una historia que contara la guerra o parte de la historia de Ucrania, sino que simplemente me senté a dejar por escrito algunos pensamientos que me habían surgido a raíz de la muerte de mi abuelo. Me di cuenta de que realmente no me podía poner a escribir otra historia mientras tuviera esta en mente. Seguí hacia adelante, y cuando ya había un texto que tenía cierto sentido, me di cuenta de que era un libro.

“Las guerras son una vía de escape para los totalitarismos y las dictaduras”

-El libro arranca con la potente frase de Víctor: “Nací en una guerra (1939) y moriré en una guerra (2022)”. Su abuelo, ucraniano que hablaba ruso y se casó con una rusa, murió sin comprender la invasión. ¿Cómo se puede explicar la guerra lanzada por Putin?

-Muchas de las personas que viven en Rusia no entienden esta guerra. Se calcula que sólo un 15 por ciento de la población está de acuerdo con la guerra y con las políticas de Putin. Otro 15 por cierto está completamente en contra. El resto es una mayoría silenciosa que simplemente soporta la historia y que esta pase por encima de ellos. Resulta difícil comprender las razones de una persona que se empeña primero en aniquilar a su vecino, y segundo, mucho antes de eso, en maltratar a sus propios ciudadanos. Las personas que más sufren a Putin son los rusos, ni siquiera son los ucranianos, que son los bombardeados. Rusia siempre ha vivido en una especie de estado totalitario que ha ido cambiando de manos. Primero los zares, después los líderes soviéticos, y ahora Putin con su autocracia. Parece que la tendencia natural va hacia el autoritarismo, el totalitarismo, y la dictadura. Eso explica toda esa violencia que surge y que tiene que salir por alguna vía de escape. La guerra es una válvula muy válida para los totalitarismos y las dictaduras.

-Su novela se basa en la historia real de su abuelo, que investiga a través de documentos y de la memoria oral y familiar. También recurre a la ficción en momentos concretos. ¿Qué aporta la ficción a esta historia?

-La ficción rellena los huecos que no tengo del relato real. Hay partes en las que sé, por ejemplo, que mi bisabuelo se fue a la Primera Guerra Mundial, y mi bisabuela se quedó en casa a esperarle. Más allá de eso y de que trabajaba para una familia alemana, no sé cómo era su día a día. Primero, recurrir a la ficción me aporta el poder fantasear cómo podría haber sido esa vida. Segundo, creo que al lector también le aporta porque hace la historia más humana y empatiza más con ella. Para mí fue muy útil en esos casos. No quise abusar de la ficción, porque al final se trata de una historia real y quería que se mantuviera como tal. Ocupación no es autoficción, porque es la vida de mi abuelo, no la mía. Me parecía muy importante no fallar a la verdad en eso. Pero es evidente que hay ciertas lagunas, y para que una historia fluya necesitamos rellenarlas de algún modo. Mi ejemplo fue no tanto la novela histórica, que abusa bastante de la ficción, sino más bien trabajos como los de Emmanuel Carrère, que cuenta historias reales en sus libros.

Yakovenko presenta su último libro en la Feria del Libro de Fuerteventura

-¿Es la escritura de ‘Ocupación’ una forma de enfrentarse al duelo?

-Más que para enfrentarme, me sirvió para hacer el duelo. Fue la única vía para poder despedirme de mi abuelo y recordarlo. Escribí sobre él con la certeza de que su vida era, dentro de la gran historia, una vida pequeña e irrelevante. Si yo no hubiera escrito esta historia, nadie se acordaría de su vida. También me sirvió en parte como una especie de justicia ante la forma en la que él había muerto.

-¿Se puede cerrar un duelo desde la distancia?

-No del todo. Yo creo que hasta que no ves las tumbas, el duelo no se cierra. A mí me ha pasado a lo largo de mi vida, por estar viviendo en España, que familiares han ido muriendo y evidentemente mueren lejos y tú nunca estás ahí. Hasta que no viajas al país en el que naciste y ves sus tumbas en el cementerio, no sientes que esa persona realmente esté muerta.

-Su abuelo no murió en el frente, sino en su cama, enfermo, víctima de la falta de asistencia sanitaria en una zona de guerra y ocupada por Rusia. ¿Cree que su abuelo podrá ser reconocido como víctima?

-Ojalá. El caso de mi abuelo no es único. Hay muchísima gente en Ucrania que también está muriendo sola, en su casa. En el caso de mi abuelo, al menos estaba mi otra abuela cerca y pudo ser testigo de cómo habían sido las cosas. Sin embargo, hay mucha gente cuya muerte solo constará cuando se comparen las listas, igual que se hizo durante la pandemia, para averiguar cuál fue la tasa de mortalidad durante los años de guerra. Junto a las víctimas de los bombardeos habrá una gran masa de gente que simplemente murió durante esos años. Probablemente nunca sabremos con exactitud si murieron por causas naturales, ni cómo de naturales fueron esas causas teniendo en cuenta que estaban viviendo en un país en guerra.

“Ocupación’ surgió por una necesidad, me sirvió para hacer el duelo”

-Su bisabuelo nació en el Imperio ruso de los zares, su abuelo en la URSS, y usted en Ucrania. Todos nacieron en el mismo pueblo, en Tokmak. ¿Cómo afectan estos cambios de régimen a un mismo lugar y a la identidad de sus habitantes?

-Estos cambios han creado un ambiente apático, porque las decisiones las tomaban otras personas en el poder, ya fuera zarista o soviético. Tras la caída de la Unión Soviética se hizo un referéndum. Por suerte, la gente pudo votar en 1991 para la llegada de la democracia a Ucrania. Votaron en un momento en el que el Estado soviético estaba muerto, no había una continuidad. Con los cambios surge la sensación de “¿qué más da lo que haga, si al final con nosotros harán lo que quieran?” Cambian de nombre los países, las ciudades, las calles, cambian las banderas, cambian los himnos..., todo ha cambiado, y todo ello sin salir del mismo pueblo. ¿Qué nacionalismo y qué patriotismo se pueden mantener en un lugar en el que todo puede cambiar de un momento para otro?

-En su obra menciona el plan de Stalin de rusificar zonas de Ucrania tras las mortales hambrunas de la década de 1930. Sostiene que ese plan ha caducado, porque a pesar de que mucha gente hable ruso, ya no se sienten rusos. ¿Hasta qué punto puede un idioma moldear la identidad?

-Ese es un debate que tenemos muy presente y despierto en Ucrania. Todavía no hay una conclusión en firme. Hay gente muy radical con este tema que considera que, si un ucraniano habla ruso, directamente no es ucraniano. Creo que no podemos olvidar que en el caso de Ucrania siempre ha habido una doble identidad cultural. Hay países que no se pueden reducir a un solo Estado, un solo idioma y una sola nación. Hay países que pueden convivir en varios idiomas y, aun así, sentirse del sitio en el que han nacido. La mayor parte de la gente que ahora mismo vive bajo la zona ocupada y que antes vivía en la Ucrania libre no quiere vivir bajo el régimen ruso. No quieren estar ocupados y no se sienten liberados, como se anuncia en la propaganda rusa. Aunque usaban el ruso para hablar en su día a día, no se sentían rusos. Hablamos del idioma en un país en el que ha sido impuesto durante tantos años, pero que ha acabado formando parte de la identidad familiar y de la memoria familiar hasta el punto de que la gente se ha apropiado del mismo. De hecho, en el este de Ucrania se habla una mezcla entre ucraniano y ruso. Ni siquiera es un ruso muy puro, ni es un ucraniano puro. Quizás en unas décadas sí podamos decir que el idioma ucraniano va a determinar la identidad ucraniana. Pero ahora mismo, la identidad todavía es híbrida y será híbrida durante varias generaciones.

“En Ucrania siempre ha habido una doble identidad cultural”

-Su nueva obra es un ejercicio de memoria histórica a pequeña escala, la de su abuelo y la del pueblo de Tokmak, pero es al mismo tiempo una historia universal. ¿Qué papel juega la literatura en la construcción de la memoria histórica?

-Creo que el papel más importante es el que recae en la literatura. La gran historia no suele hablar de la gente corriente, ni de lo que piensan, ni de lo que sienten, ni de cómo comen. A mí lo que me interesa es precisamente esa clase de detalle para entender cómo era la vida. Luego hay otra cuestión, que es la tendencia literaria europea en la que yo creo que se enmarca Ocupación. El libro está escrito desde una perspectiva ajena y en un idioma distinto a mi idioma natal. Esto acaba enlazando con la literatura de la memoria. Hay una nostalgia quizá del origen, pero hay también una disección del origen y de cómo eso ha moldeado la identidad propia, y esto me parece muy interesante.

-En la novela destaca la minuciosidad de los detalles en los recuerdos de la casa de su infancia. Esa misma casa hoy está ocupada por un médico ruso y su familia, que se han deshecho de sus pertenencias. ¿Qué sintió al enterarse de esto?

-Mucho enfado e impotencia, porque no puedes hacer absolutamente nada. Ahora mismo resulta impensable llegar a la Tokmak ocupada y recuperar lo que nos pertenece. La colonización no es algo nuevo en la historia. Consiste en borrar todos los recuerdos de las personas que antes vivían en ese territorio. Cuando te pasa a ti, entiendes que simplemente eres una persona más de todas esas personas que a lo largo de la historia han sufrido un proceso de colonización.

-Han pasado ya más de cuatro años desde que Rusia lanzara la invasión sobre Ucrania y la guerra continúa. ¿Cuál es la fotografía de la guerra en la actualidad?

-La población está sometida a un desgaste mental tremendo. Las alarmas antiaéreas suenan durante horas y mucha gente ya no corre a refugiarse como al principio porque dan por supuesto que las bombas van a caer y solo esperan que no sea en sus casas. Después de cuatro años, creo que este otoño e invierno van a ser incluso peores que los del primer año. Ucrania tiene más armamento que al principio, e incluso ha conseguido atacar Rusia. Es algo que Putin no se imaginaba, y sus represalias son cada vez más duras.

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