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“La mayoría tiramos la casa para no pagar la multa de Costas”

Los antiguos vecinos de la Cueva de la Negra recuerdan los derribos de 2009 y aseguran que optaron por demoler sus chozas para evitar las sanciones

Janey Castañeyra 0 COMENTARIOS 08/09/2026 - 18:15

Vicente Suárez Cabrera fue titular de una de las antiguas casas que cayeron en la Cueva de la Negra en 2009. Recuerda que fue a finales de los setenta: “Yo fui de los primeros en volver después de que se retiraran los antiguos pobladores. La familia de mi suegra decía que estaba loco por quedarme allí abajo, solo, pero a mí me gustaba. Juan Rodríguez Cabrera era mi suegro y, cuando se marchó, nos dejó la casa. Después empezaron a acudir más familiares y amigos y, ya en los años noventa, comenzaron a levantarse otras casas”.

“Allí crie a mis hijos. Cerrábamos la tienda el sábado por la tarde y bajábamos hasta el domingo por la noche. Íbamos todos los fines de semana, y pasábamos allí los veranos. Nos desconectábamos de Morro Jable, éramos felices. Yo estaba todo el día en el agua porque me encantaba la pesca submarina. Al principio estábamos solos, pero después fueron llegando los demás. Casi todos éramos familia”, destaca.

Vicente Suárez formalizó la adquisición de la choza de la familia de su mujer, Petra Rodríguez Roger, que al igual que su hermana Fecha, Lucrecia, las heredaron de los propietarios primigenios. Sus abuelos y tíos, Ramón, Pedro y Juan Rodríguez Cabrera figuran entre los siete titulares de aquella zona. Así aparece en el censo que el Ayuntamiento le pidió en 1950 a la Dehesa de Jandía y que ha conservado la familia Winter. También está el nombre de Lorenzo Pérez Díaz, el abuelo de Pascuala y Lorenzo Roger Pérez, los hermanos que han acaparado el foco mediático ante el aviso de derribo de su choza, la última del caserío.

Y aunque no hay duda de su antigüedad, lo cierto es que en 1987 tan solo quedaba un muro de aquella construcción. Al igual que muchos otros amigos y familiares de Morro Jable, en la Cueva de la Negra se levantaron y ampliaron numerosas chozas entre ese año y 1994.

Varios vecinos de aquella época perdieron un trozo de su vida con aquellos derribos. Pero no todas las casas cayeron materialmente por Costas. Según Hermelina Rodríguez Roger, aunque los expedientes y órdenes procedían de Costas, muchos vecinos accedieron a derribar sus chozas con la maquinaria que les ofreció el Ayuntamiento de Pájara, para evitar las multas. Hermelina dejó caer su casa, porque le pedían un millón doscientas mil pesetas.

Vicente Suárez y Hermelina Rodríguez perdieron sus viviendas

Vicente Suárez Rodríguez, hijo de Vicente, tiene una versión propia de por qué derribaron la vivienda de su familia, y hasta el día de hoy sospecha de la colaboración del Cabildo en la operación. Cree que la institución insular colaboró con los derribos, facilitando los nombres de los propietarios tras una reunión con los vecinos. Su creencia se apoya en que el Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural de Jandía, en el apartado de la Cueva de la Negra, recoge literalmente que “las casetas y otras estructuras existentes habrán de demolerse para establecer esta zona de acampada”.

Cuestionada al respecto, la consejera insular de Medio Ambiente de aquel entonces, y hoy diputada autonómica, Natalia Évora, aclara que la intención de la institución fue justamente la contraria. El PRUG entró en vigor en 2006, explica Évora, y fue redactado desde el Gobierno de Canarias. Recuerda que el Cabildo tuvo también encontronazos con la Demarcación de Costas, especialmente cuando ampliaron los deslindes hacia el interior. No solo dejaron fuera a las chozas, sino que provocaron que el Cabildo ya no pudiera autorizar las acampadas. “El Cabildo nunca participó en las demoliciones”. Es más, enfatiza, “siempre entendimos que esas casas tenían un valor etnográfico”.

Inmueble en la Cueva de la Negra cuyo derribo fue paralizado el 26 de agosto. Foto: Carlos de Saá.

Error en el derribo

Otro asunto que sigue en la mente de Vicente Suárez, hijo, es el convencimiento de que la choza de su familia cayó por un error del expediente. Sostiene que en el procedimiento estaban intercambiadas la fotografía de su casa y la identificación de la vivienda de Pascuala. “Teníamos una multa de Costas, pero no firmé. Mi razonamiento era: si dices que me estás quitando la casa porque el terreno ya no es mío, no puedes pedirme además que pague por tirarla”.

Reivindican el valor sentimental y etnográfico de unas construcciones ligadas a la memoria

Según su relato, que coincide con el de otros testimonios, cuando llegó la maquinaria, “y así me lo trasladaron otras personas presentes, se señaló la casa de nuestra familia, que fue la que derribaron”. “Las dos casas compartían un muro de piedra, el que aparece ahora en las fotos”.

Aunque también comparte con su hermano Alby los buenos recuerdos de aquella época: “Los que fueron construyendo después eran amigos y familiares. Lo pasamos muy bien con todos. No había distinción entre los nuevos y los antiguos”. “Mi madre rompió aguas allí cuando iba a nacer yo. Y tuvieron que llevarla por la pista de tierra hasta el hospital. Hacíamos asaderos, paellas, comíamos pescado todos los días y leche con gofio”, cuenta Alby.

Para él, perder la choza significó que le borraran la infancia. “Cuando estoy mal y necesito calmarme, recuerdo cómo las olas movían los callaos durante la noche o cómo salía del agua y me acostaba sobre las piedras calientes. Después del derribo, solo fui una vez y no volví más, de la pena”, recuerda.

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