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La Isla, refugio clave para algunas de las abejas más singulares y amenazadas

Fuerteventura y Lanzarote atesoran un extraordinario valor biológico como refugio de polinizadores

César-Javier Palacios 0 COMENTARIOS 02/09/2026 - 07:49

Durante años se ha atribuido a Albert Einstein una frase tan rotunda como inquietante: “Si las abejas desaparecieran del planeta, al ser humano solo le quedarían cuatro años de vida”. Resulta tentador darlo por seguro viniendo de una figura tan admirada como Einstein. Sin embargo, nunca la dijo.

En realidad, esa cita, ampliamente difundida en redes sociales y todo tipo de publicaciones, fue inventada por un grupo de apicultores belgas en 1994, casi cuatro décadas después de la muerte del científico. La utilizaron como lema de una manifestación para llamar la atención sobre la importancia de las abejas y advertir de que, sin ellas, nuestro futuro estaría seriamente comprometido. El mensaje tenía una base real. Las abejas desempeñan un papel esencial en la polinización de numerosas plantas de las que depende una parte importante de nuestra alimentación. Sin ese proceso, la reproducción de muchas especies vegetales se reduciría de forma drástica y también se verían afectados los animales que dependen de ellas y, en consecuencia, nuestra propia cadena alimentaria.

Pero tampoco conviene simplificar la realidad. La abeja melífera doméstica es solo una especie de las más de 20.000 que existen en el mundo, en todos los continentes excepto la Antártida. La mayoría de ellas no producen miel y muchas son solitarias, no hacen colmenas. En un alto porcentaje se encuentran amenazadas, pero al no ser tan populares como el lince o el quebrantahuesos, sus problemas de conservación pasan desapercibidos para la mayoría de los ciudadanos. Todas ellas participan, junto con abejorros, escarabajos, mariposas e incluso aves y murciélagos, en la polinización de las plantas silvestres y cultivadas. La diferencia es que la abeja doméstica es la más abundante y la única que el ser humano cría y gestiona de forma generalizada como aliada fundamental de la agricultura. Pero no es la única.

La riqueza invisible

Otra frase para la reflexión. Asegura el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry en El Principito que “lo esencial es invisible a los ojos”. En el caso de la ciencia, habría que añadir que es invisible a quien no sabe mirar con curiosidad. Lo dijera o no Einstein, pocas especies son más esenciales para garantizar la vida en el planeta que los insectos, un grupo invisible a los ojos de una inmensa mayoría que apenas distinguimos una abeja de una avispa. Su importancia es igual o mayor en Canarias.

Y aquí surge la primera duda: ¿Hay abejas silvestres en el Archipiélago? Y de existir, ¿alguna es endémica, exclusiva, como lo es la tarabilla canaria o el tajinaste blanco de Famara?

La respuesta a ambas dudas es sorprendente. La primera catalogación de las abejas de Canarias fue publicada en 1839 por el entomólogo francés Gaspard Auguste Brullé, quien identificó 27 especies diferentes, 16 de ellas exclusivas del archipiélago. Más de un siglo después, en 1958, Maurits Lieftinck amplió la lista a 66 especies, de las que 29 eran endémicas. Dos décadas más tarde, Báez y Ortega casi doblaron el inventario hasta las 100 especies, incluyendo 40 endemismos. La última lista actualizada hace unos pocos meses ha identificado nada menos que 146 especies y 46 subespecies de abejas silvestres, de las cuales 60 especies y 42 subespecies son endémicas. La cifra es extraordinaria, pero más aún cuando se entra en los detalles.

Asombra la Lista actualizada de las abejas silvestres de las Islas Canarias, recientemente publicada en Zootaxa, una importante revista científica de Nueva Zelanda especializada en taxonomía zoológica, firmada por David Lugo, Daniel Suárez, Gustavo Peña, Francisco La Roche, Pilar de la Rúa y Carlos Ruiz, investigadores vinculados al Departamento de Biología Animal de la Universidad de La Laguna (Tenerife) y la Universidad de Murcia, los resultados son sorprendentes. En primer lugar porque, en lugar de revisar viejas colecciones de los museos, que también, han buceado en busca de información en la nueva realidad digital, en las redes sociales. Gracias a lo que ahora se conoce como “ciencia ciudadana”, han logrado información geolocalizada y buenas imágenes de más de 8.000 registros en plataformas tan populares como Facebook, iNaturalist o Flickr.

Asimismo, se aportan 63 nuevos registros insulares y se citan por primera vez para Canarias la presencia de la abeja esmeralda (Lasioglossum medinai) en Tenerife, junto con Seladonia gemmea y la abeja cuco (Sphecodes rubripes) en Gran Canaria.

Pero no todo son buenas noticias. El trabajo también llama la atención sobre la posible desaparición de dos taxones de abejas que llevan décadas sin ser observados en la naturaleza. Uno de ellos es la abeja cortahojas de Hohmann (Megachile hohmanni), un endemismo de las zonas costeras de Fuerteventura catalogado en peligro de extinción. La especie no ha vuelto a registrarse desde su descripción en 1983, a pesar del notable incremento de los trabajos de muestreo realizados desde entonces.

La otra gran incógnita es Melitta aegyptiaca clusia, una subespecie exclusiva del sur de Tenerife que tampoco ha sido localizada desde 1978. La ausencia prolongada de ambas abejas pone de manifiesto la necesidad de reforzar los estudios y las medidas de conservación sobre algunos de los polinizadores más singulares del archipiélago.

‘Anthophora lieftincki’. Foto: Juan Cazorla.

Síndrome insular

El estudio confirma que las abejas canarias constituyen un ejemplo del llamado “síndrome insular oceánico”, un fenómeno característico de los archipiélagos aislados. Aunque las islas albergan menos especies que los territorios continentales cercanos, concentran una proporción mucho mayor de formas exclusivas. En total, Canarias cuenta con 134 especies de abejas y más de un tercio, el 36 por ciento, son endémicas del archipiélago. En comparación, Marruecos reúne más de un millar de especies, pero solo alrededor del 10 por ciento son exclusivas, una cifra similar a la de la España peninsular, donde el endemismo apenas alcanza el nueve por ciento.

Un estudio identifica 146 especies de abejas silvestres en Canarias

Su distribución no es homogénea. La mayor diversidad se concentra en las islas centrales y orientales del archipiélago. Gran Canaria encabeza el listado con 79 especies, seguida de Fuerteventura, con 74, Tenerife, con 71, y Lanzarote, con 67. En cambio, las islas occidentales y los islotes presentan una riqueza mucho menor, siendo El Hierro y Alegranza los territorios con menos especies registradas.

Los investigadores destacan además que Tenerife y Gran Canaria son los principales refugios de la biodiversidad más exclusiva. Ambas reúnen el mayor número de especies que solo viven en una única isla, con cuatro y cinco endemismos estrictos, respectivamente, además de concentrar la mayor parte de las subespecies endémicas conocidas. Por el contrario, los islotes apenas albergan variedades propias y no se ha identificado en ellos ningún endemismo exclusivo.

El estudio también revela el elevado aislamiento biológico de la fauna apícola canaria. Solo 15 especies, alrededor del 11 por ciento del total, están presentes además en otros archipiélagos de la Macaronesia. La mayoría se comparte con Madeira y las Azores, mientras que únicamente tres especies también habitan en Cabo Verde.

La negra canaria

¿Y qué pasa con la “abeja negra canaria”, considerada como la abeja típica del Archipiélago y asociada a la producción tradicional de miel? Pues según los últimos estudios, no es exactamente lo que su nombre sugiere. Ni es un insecto exclusivamente canario, ni se trata de un único tipo uniforme, ni su color es siempre tan oscuro como dicta la imagen popular.

Un endemismo de Fuerteventura no ha vuelto a registrarse desde 1983

En realidad, lo que se conoce como abeja negra corresponde a distintas poblaciones de Apis mellifera con formas (fenotipo) oscuro que están presentes en varias regiones del mundo. Este rasgo aparece en distintas zonas de África y también en otros puntos de la Macaronesia. Por lo tanto, la coloración no es un rasgo exclusivo de Canarias, sino una variación dentro de una especie ampliamente distribuida y con múltiples linajes.

En el caso del Archipiélago, las poblaciones de abejas melíferas están mayoritariamente vinculadas a linajes de origen africano y presentan características genéticas propias de su evolución insular. Esa singularidad, que sin duda existe, pero no es genéticamente extraordinaria, ha llevado a que se hable de la “abeja negra canaria” como una raza local bien adaptada a las condiciones del medio, aunque no constituye una especie ni una entidad biológica exclusiva a escala global como sí ocurre con las abejas silvestres.

Tampoco puede entenderse como una población aislada o “salvaje” en sentido estricto. La abeja melífera ha sido gestionada por el ser humano durante siglos para producir miel, con traslados de panales, cruces y selección dirigida. En Canarias, como en otros territorios, esa domesticación ha sido intensa, lo que ha modificado parte de sus características originales.

‘Amegilla quadrifasciata’. Foto: Juan Cazorla.

Proyecto europeo

Además de estudiar a los insectos, en Canarias también se trabaja en su conservación. Uno de los proyectos más interesantes actualmente en marcha es el europeo Zoo LIFE Pollinators, una iniciativa para proteger los insectos polinizadores de alcance internacional en la que participan zoológicos, universidades y centros de investigación de nueve países europeos, con Fuerteventura como representante español. Cofinanciado por la Unión Europea, el programa busca frenar el declive de abejas silvestres, mariposas, sírfidos y otros polinizadores clave mediante la mejora del conocimiento científico, la restauración de hábitats y la implicación social en su protección.

En este consorcio destaca de forma especial la participación de Oasis Wildlife Fuerteventura. El parque majorero, situado en el sur de la Isla, no solo actúa como espacio de divulgación ambiental, sino también como un centro activo de investigación aplicada y restauración ecológica, integrando sus instalaciones en una red europea de seguimiento de polinizadores. Entre sus contribuciones más relevantes se encuentra el desarrollo de estudios sobre flora local y especies botánicas autóctonas, bajo el asesoramiento del botánico Stephan Scholz, así como la creación y recuperación de hábitats favorables para insectos polinizadores dentro del propio recinto y en su entorno. Estas actuaciones se combinan con programas de educación ambiental dirigidos a visitantes y centros escolares, con el objetivo de sensibilizar sobre la importancia ecológica de estos insectos en la producción de alimentos y el equilibrio de los ecosistemas.

Oasis Wildlife también participa en las tareas de seguimiento científico estandarizado del proyecto, que incluyen recorridos fijos de observación en el campo para registrar la presencia y abundancia de especies. Este trabajo permite comparar datos entre distintos países europeos y evaluar la evolución real de las poblaciones de polinizadores.

Entre los objetivos más relevantes del programa destaca lograr la protección y seguimiento de 81 especies de sírfidos (moscas de las flores) y 742 especies de lepidópteros (mariposas), la implicación de ocho centros de cría en Europa, la gestión de 926 hectáreas de hábitats restaurados y el alcance social de hasta 5,5 millones de ciudadanos sensibilizados.

El consorcio incluye zoológicos, universidades y entidades de conservación distribuidas por toda Europa. Entre los países participantes figuran España, Italia, Suecia, Dinamarca, Croacia y Hungría, además de otras instituciones europeas integradas en la red de trabajo. El Zoo LIFE Pollinators se apoya en esta red de zoológicos como espacios estratégicos de conservación. En el caso de Fuerteventura, el proyecto adquiere un valor añadido por la singularidad del ecosistema insular, donde la presión sobre los polinizadores y la fragilidad de los hábitats áridos hacen especialmente relevante la restauración ecológica.

Más allá de la investigación, el programa impulsa la transformación de los propios centros participantes en refugios de biodiversidad. En Oasis Wildlife, esta filosofía se traduce en la integración de espacios con plantas autóctonas diseñadas específicamente para favorecer la presencia de polinizadores silvestres.

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