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Dominga Cabrera Coello: versos para las niñas que no pudieron serlo

La majorera, que dedicó su vida a las tierras de medias, es la voz que recupera este año la colección Las Alas de la Memoria

María Valerón 0 COMENTARIOS 05/05/2026 - 07:47

Todas las mujeres de la familia sonríen. Hablan con desparpajo, con una mirada brillante y en el aire se palpa ternura si acuden a los recuerdos familiares. Están sentadas en la puerta de la iglesia de La Asomada, con el manuscrito mecanografiado y de tapa dura que un día (hace tantos, tantos años) le regalaron a Dominga Cabrera Coello -la madre, la abuela-, con algunos de sus textos reunidos. Hoy, muchos años después, las hijas de la verseadora (Candelaria -Lali- y Caty Cabrera Cabrera), su nuera (Lourdes Barrios Saavedra) y sus nietas (Verónica y Bienvenida Guedes Cabrera) muestran orgullosas los textos y describen a la autora, casi a la vez, con una palabra principal: alegría.

De Dominga Cabrera Coello dicen sus hijas que fue una persona poderosa en la risa, valiente, llena de vida. Generosa, sencilla, con la capacidad de llenar con mucha naturalidad su casa de gentes el día del puchero. Fuerte, pero no con la fuerza de carácter que caracteriza a los afines a la confrontación: no, fuerte por lo contrario. Una fuerza fuera de lo común para proteger la alegría. Era burletera, socarrona y divertida, activa; adoraba sus plantas, las visitas, ser anfitriona y, como faro de todas sus virtudes, estaba una honestidad que la obligaba a tener valor: era espontánea, nunca se amedrentaba y llevaba en la boca siempre lo que quería decir.

Cuentan, también, que la escritura llegó con el fin de la infancia de su hijo y sus dos hijas y que pronto se acostumbraron a la imagen de su madre tomando notas, en la oscuridad: “Escribía al oscuro. Se le ocurría una idea, soñando o de madrugada, si no podía dormir. Se levantaba y rápido la anotaba en uno de sus cuadernos”, cuenta Lali (Candelaria). Sus nietas, que durante años la animaron a publicar sus poemas, dicen que ella nunca les dio valor: debajo del foam del sofá, entre los cojines, en los rincones más escondidos, aparecían de improviso libretas llenas de poemas. “Los escondía por allí, creo que para que no estuvieran a la vista, que no supiéramos que había estado escribiendo”, cuenta Bienvenida. Y sin embargo, cuando le regalaron sus textos en formato libro, mecanografiados, la abuela sonrió: “Creo que le gustó, en ese momento, el reconocimiento y creo que siempre nos dijo que no a publicar por timidez”, añade Verónica.

‘De toda una vida’ se presenta el 8 de mayo, en las fiestas de La Asomada

De sí misma Cabrera Coello dice algo menos. Se describe desde los recuerdos, se identifica con la niña que no pudo ser y regresa una y otra vez a cuanto hubo de alegría en una infancia dura, en un matrimonio que transcurrió arrancando en las tierras de medias y en una vida, después, llena de privilegios. ¿De privilegios? En realidad no, en absoluto, pero para ella, niña de la guerra, la llegada del desarrollo y de los servicios básicos a Fuerteventura y la posibilidad de tener al alcance de la mano agua, luz y alimentación suficiente siempre fue un privilegio. Así queda patente en los poemas que reúne De toda una vida, publicación que se presenta el 8 de mayo en las fiestas de La Asomada y que compila, a modo de antología, algunos de los textos que Dominga Cabrera Coello escribió a lo largo de su vida. Los beneficios de la venta de ejemplares serán donados, por decisión de la familia, a la Fundación Pequeño Valiente.

El de Dominga Cabrera es también el último libro de la colección Las Alas de la Memoria, un proyecto editorial que cumple un año más con uno de sus propósitos principales: rescatar de la invisibilidad a las mujeres verseadoras de Fuerteventura y salvar del olvido, al mismo tiempo, las vivencias que se perderían con ellas.

Isla hostil

En la portada, cuatro mujeres sonríen a manos llenas. Están junto a un pajero y da la impresión de que por el momento, no queda trabajo en la jornada. En la base del pajero, la más anciana se apoya casi recostada, la sonrisa dulce; junto a ella, una más joven ríe, la mirada tierna, sujetándole el codo; la siguiente mujer, de complexión fuerte, lleva las ropas de trabajo y sombrera. Con un solo brazo, y a carcajada limpia, sujeta por el trasero a la cuarta de este feliz grupo, la más joven, que está encaramada al pajero y ríe mirando a cámara. Son algunas de las mujeres de la familia: la hija mayor de Dominga es la encaramada al pajero, su cuñada quien sujeta a la joven y su madre la señora mayor, enjuta, que ríe discretamente una broma que ella misma parece estar contándole, con mucha ternura desde la base del pajero. Quién podría haberle dicho a la discreta Dominga Cabrera Coello de la foto, la medianera, la madre, la hija, que ella era también, sin saberlo aún, verseadora.   

Los versos de Cabrera Coello son, en parte, los de las niñas que no pudieron ser niñas, en una isla hostil, en una tierra de sed y en medio de la dificultad profunda que significó ser, con solo siete años, la mano derecha de la madre, al morir su padre. Era 1939 y la tragedia provocó toda una transformación familiar: sus tres hermanas fueron casadas un año más tarde y al frente de la casa y los trabajos del campo quedaron ella y sus dos hermanos. “Yo nunca tuve niñez/ pero tampoco sufrí/ Dios me ha dado un corazón/ que sabe siempre reír./ Yo trabajaba desde chica/ para a mi madre ayudar/ hasta buscándole leña/ para la comida guisar/ Yo ayudaba a tostar/ -con las cabras, mis hermanos-/ para cuando al regresar/ moler al molino mano/ Siempre lo tendré presente/ las llaguitas de las manos/ me goteaba la frente/ del dichoso molino mano (...)” (Fragmento del poema Recuerdos de una vida).

Algunas familiares sostienen el manuscrito mecanografiado de Dominga Cabrera Coello.

La familia donará los beneficios del libro a la Fundación Pequeño Valiente

De la niña que no fue, aunque quiso, se gestó una mujer fuerte. Fue llevada al altar, como ella misma cuenta, con 17 años; su primer día de matrimonio lloró durante horas, asustada por la soledad en su primer hogar de casada. También cuenta que fue, sin embargo, tremendamente feliz en su matrimonio, y que volvió a llorar, tiempo después, cuando tuvo que irse de aquella casa en el Valle de Tetir, y que formó una familia y compartió con su marido, hombro a hombro, el trabajo de la tierra. Fueron medianeros.

En De toda una vida se suceden las vivencias personales, el relato autobiográfico de la infancia y corta juventud y la memoria de la escasez, pero también los paisajes insulares que impactan a la autora, los valores familiares, los cuidados y la actualidad nacional y local. Distribuidos en siete capítulos temáticos, los versos de Dominga Cabrera planean sobre todo lo que capta su interés, en lo íntimo y en lo público, y se convierten en una valiosa fuente testimonial de la perspectiva popular de una generación entre dos mundos. Y es que la autora, nacida en 1932, forma parte de quienes vivieron, crecieron y envejecieron entre dos islas en un mismo siglo, y así se plasma en sus textos: una de escasez, posguerra, hambruna, trabajos agrícolas, sequía; y, a final de siglo, otra isla: una de bonanza, con luz eléctrica y agua potable, sin carencias extremas, con las necesidades básicas cubiertas.

Así, si bien sus textos parten de métricas y rimas heredadas de la escucha del folclore y, particularmente, de sus coplas, como en otros verseadores y verseadoras populares,  los temas que captan su interés están situados en su vivencia cotidiana. De igual manera que en las dos obras que preceden a De toda una vida en la colección (Versos, cantares y poemas que guardé en un cajón, de Ana María Guerra, y Lo que mi memoria alcanza, de Carmela Umpiérrez Fajardo) hay un protagonismo muy importante de la familia y el amor materno-filial, reflejo evidente de una realidad invisibilizada y denostada: la labor educativa, de cuidados y de crianza de las mujeres.

También, y de nuevo coincidiendo con las otras obras de verseadoras rescatadas, la mirada a lo público se hace evidente, con una atención especial al dolor de los otros: el sufrimiento de las personas migrantes es protagonista en los poemas dedicados a las primeras pateras que llegaron a Fuerteventura (Primeras pateras llegadas a Fuerteventura, en el capítulo Noticiero) y también el de las víctimas del terrorismo en los poemas sobre el 11S y el 11M (EEUU y las Torres Gemelas y Atentado en Madrid, también en Noticiero).

De igual modo, la realidad local toma protagonismo con textos dedicados al Hogar del Pensionista, institución que para la autora tuvo especial importancia como espacio de recreo, al fin, en su jubilación, y en textos relacionados con sucesos locales (como un crimen cometido por un desertor de la legión en Fuerteventura, en Suceso (Se descubrieron los hechos el 20/01/1982) o diferentes poemas dedicados a la actualidad local, sobre la que se posiciona sin tabúes y de forma ácida, con una mirada satírica, divertida y sorprendente por su libertad.

Crítica

“Por reclamar los derechos/ porque tengo mil razones/ me vigilan, me persiguen/ y me pisan los talones”, señala la autora en un poema inédito que la publicación de Las Alas de la Memoria cita como presentación de Cabrera Coello. Y es que la ternura y dulzura de la verseadora en los textos relacionados a la familia, el paisaje o los recuerdos, contrasta drásticamente con la pluma afilada que se dirige, sin amilanarse, a autoridades, responsables institucionales y políticos. “Ella era una persona valiente, no se achicaba por nada. Venía de una época en que se enseñaba que había cosas que no se podía decir, había miedo. Pero ella era combativa y nos hizo así también a nosotras”, cuenta Candelaria.

La ternura de sus textos íntimos contrasta con la acidez de su crítica política

Así, en los poemas Protesta del pueblo de La Asomada (1991), Campaña electoral, El pueblo de La Asomada sin luz (en el capítulo Protesta) la autora expresa su frontal desacuerdo a la realidad política y se dirige de forma directa a los responsables públicos en defensa de su pueblo: “El pueblo todo protesta/cansados ya de esperar y si pedimos ayuda/ nadie nos quiere escuchar/ No hay teléfono, no hay luz,/ esto sí es una desgracia/ después se dejan decir/ que estamos en democracia/ (...) Dicen que la carretera/ hay tiempo está proyectada/ nosotros no la veremos/ si estamos en La Asomada” (fragmento de Protesta del pueblo de La Asomada, 1991). También se muestra crítica con la gestión del Hogar del Pensionista, reclamando mejoras en transparencia, en el gasto del centro e, incluso, en lo referido a las excursiones o los horarios de los bailes.

Sin embargo, incluso en los textos de protesta se deja traslucir una nota de humor, rasgo característico de Cabrera Coello que toma especial protagonismo en diversos poemas satíricos y que las propias hijas y nietas apuntan como elemento clave de su personalidad.

 

Las alas

Para María Sanz Esteve, coordinadora del proyecto Las Alas de la Memoria, la iniciativa, que comenzó siendo una propuesta de diálogo intergeneracional, se ha convertido en algo mucho mayor: “En el camino hemos descubierto que lo que podíamos intuir como un tesoro es algo mucho más grande. Pensamos que íbamos a descubrir historias de vida, pero creo que está trascendiendo mucho más allá y espero que siga trascendiendo”, explica.

La también cineasta y productora apunta a que el proyecto se inició tras la pandemia como algo mucho más humilde: una iniciativa para fomentar que los jóvenes de cada familia pudieran entrevistar en vídeo, desde cualquier dispositivo, a sus mayores para conservar la memoria de la Isla. El proyecto fue creciendo, con más formaciones para mejorar la calidad de las entrevistas, con una plataforma online donde pueden consultarse todas las entrevistas e, incluso, acceder a las temáticas de interés del espectador en cada testimonio.

Por último nació la colección editorial. “Surgió naturalmente”, apunta acerca de las publicaciones: “Las primeras entrevistas que hicimos de Las Alas de la Memoria eran las mujeres las que, de forma espontánea, verseaban. Al preguntarles si esos versos eran tradicionales nos contaban que eran coplas que ellas mismas habían escrito. A partir de ahí, empezamos a recuperar cuadernos y a publicar”.

Como siguiente paso del proyecto, cuenta que continuará la senda ya iniciada, sumando la recuperación de materiales de valor documental: “Los próximos retos de Las Alas de la Memoria están en localizar material de archivo y digitalizarlo, además de seguir haciendo entrevistas” señala y hace un llamamiento a la población joven de la Isla para que preste atención a sus mayores y se sumen a este proyecto, para enriquecerlo con cuantas historias se pudieran rescatar. Además, adelanta que valoran dar un paso más y enlazar la iniciativa con la creación artística: “Algún concurso de guión o de relato corto basados en las historias que cuenta la gente”, señala Sanz, aunque no adelanta aún una fecha para esta propuesta.

Por el momento, la memoria de Dominga Cabrera Coello toma alas y vigila, muy desde lo alto, los pueblos que amó. “En primavera el Valle [de Tetir] parecía un paraíso de toda clase de cereales y de flores de todos los colores, muchas clases de animales y pájaros, aves de varias especies. Cada momento encontrábamos los nidos de perdices, codornices y de los pajarillos”, cuenta la autora en el texto autobiográfico que cierra De toda una vida. En él también señala que un impresionante manto de flores llenó el paisaje el año que nació su primer hijo (en 1950). El azar ha querido que el Valle de Tetir vuelva a llenarse de flores, por primera vez en muchos años, para la presentación de su primer libro de poemas. Pareciera que la tierra quisiera darle gracias por la poesía.

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