Del mito solar al buitre insular
La importancia del guirre en la tradición oral descubre un ave sagrada para los primeros canarios
El guirre (Neophron percnopterus majorensis) es una subespecie endémica del alimoche exclusiva de Fuerteventura y Lanzarote, tan rara y especial que cuenta con una población mundial extremadamente reducida, poco más de 400 individuos de los que menos de la mitad son adultos reproductores. Catalogado en peligro crítico de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), es más grande y pálido que el alimoche europeo. Extremadamente inteligente, capaz de usar piedras para romper huevos de otras aves, algo único entre rapaces, su vuelo planeador majestuoso lo hace icónico en el paisaje insular. Pieza fundamental de los ecosistemas áridos de Canarias al ocupar el nivel superior de la pirámide trófica como carroñero oportunista, ayuda a evitar la propagación de enfermedades e incluso pandemias.
Pero ante todo el guirre es un reservorio extraordinario de costumbres y leyendas tradicionales, pura literatura oral con alas cuya silueta vuela desde hace siglos por la imaginación de las personas entre antiguos ritos y miedos relacionados con el amor, la muerte, la fortuna y un duro paisaje donde toda ayuda, incluida la de un viejo buitre sabio, con aura de ave sagrada, es siempre bien recibida.
Treinta años de largas charlas con los mayores, muchos de ellos ya fallecidos, han dado lugar a un inmenso reservorio de etnotextos que poco a poco se irán desgranando en estas páginas de Diario de Fuerteventura. Para que no se olviden. Porque son nuestras raíces.
El misterio de su nombre
El nombre “guirre” con el que se conoce al alimoche canario procede de la tradición lingüística y cultural de las Islas Canarias y está documentado desde los primeros textos que describen la fauna del archipiélago. El Diccionario Histórico del Español de Canarias (DHLE) de la Real Academia Española registra esta voz en una fecha tan temprana como el siglo XVI.
Pero el origen de esta palabra es un misterio. Aunque algunos autores como Viera y Clavijo la consideraban una corrupción de “buitre” (guitre > guirre) o una onomatopéyica relacionada con el salmantino “guirle” (vencejo), fuentes históricas y lingüísticas modernas la vinculan firmemente con una raíz aborigen. Derivaría del tamazight insular (lengua bereber de los indígenas canarios), específicamente de “gihir”, que significaría “tirar objetos sólidos”, aludiendo posiblemente al inusual comportamiento del ave de lanzar piedras para romper huevos. A ello se une su uso prehispánico en descripciones de fauna y abundancia en la toponimia canaria, con más de 100 topónimos como Montaña del Guirre o Las Guirreras.
Heraldo del amor
Lo cantaba una tarde en Puerto Lajas el recientemente desaparecido Antonio Corujo acompañado por su inseparable timple, voz apretada, intensa, con un tono definitivamente antiguo: “De las aves que vuelan me gusta el guirre, / porque tiene las plumas con que se escribe”. La voz de la copla canaria se apagó en septiembre pasado, pero queda en el recuerdo esta popular seguidilla de Lanzarote que se sigue cantando con emoción en parrandas y enyesques, unida a las “112 estrellas del cielo”, que con las dos de tu cara “hacen 114”.
El Diccionario Histórico del Español de Canarias lo recoge desde el siglo XVI
¿Tan bonitas son las plumas del guirre? No especialmente, al menos en cuanto a color, pero sí por tamaño. Sus plumas más grandes, denominadas por los biólogos “rémiges primarias”, forman la banda negra característica en las alas de los adultos, en contraste con el blanco de las secundarias. Destacan por su estructura afilada y rígida, adaptada para el vuelo planeado típico de esta carroñera, el ave de mayor envergadura de Canarias. Tiene diez primarias en cada ala, siendo la séptima la más larga de todas, con casi medio metro de longitud.
Y se preguntará el lector: ¿Qué tienen que ver esas grandes plumas con el amor de una seguidilla? Una vez más, nuestra música tradicional se convierte en importantísima fuente histórica. La canción conserva, cual archivo oral, un uso tan antiguo como olvidado: eran los bolígrafos de la época. Las plumas de aves se utilizaron como instrumento de escritura desde el siglo VI, cuando se popularizaron en Europa tras menciones en textos como los de San Isidoro de Sevilla, reemplazando gradualmente a los cálamos de caña. Las preferidas fueron de ganso, cisne o pavo, aunque en cada sitio cada uno se apañaba con lo mejor que tuviera a mano. En Canarias, seguramente se utilizarían las de gaviota, siendo las de guirre las más apreciadas y valiosas por su gran tamaño y perfección; al menos es eso lo que nos da a entender la seguidilla de Lanzarote.
Lo confirma Viera y Clavijo en 1810, quien explica que los cañones de las alas sirven para escribir, esto es, tan solo la parte dura central. Estas plumas de ala se cortaban y afilaban para retener la tinta. Dominaron la escritura en pergamino y después en papel durante toda la Edad Media y hasta finales del siglo XIX, cuando se popularizaron las estilográficas y los bolis. Y pocos documentos más importantes escritos con ellas que las cartas de amor. Visto así, cómo no nos van a gustar las plumas del guirre.
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Foto: Manuel de la Riva.
El mito del ave Fénix
Me lo contó (y cantó) el patrón Pedro Estévez, durante una travesía por la costa majorera: “Cuando el guirre va a morir / es una muerte que impone, / que dando vueltas traspone / y nunca se le ve el fin”. Marcial Morera, catedrático de Filología española en la Universidad de La Laguna, añade una estrofa, asegurando que antes de empezar el pájaro esas vueltas eternas, “p’al aire empieza a subir”.
Los cañones de las alas sirven para escribir, solo la parte dura central
Es una historia que se sabe todo el mundo en Fuerteventura, pero entraña un gran misterio. La primera vez que la escuché fue en Tefía en mayo de 1998, en labios de Agapito González Curbelo, quien por entonces tenía 73 años: “Siempre he oído decir que los guirres, cuando sienten que van a morirse, vuelan hacia el cielo y desaparecen. Por eso nunca se ha visto un guirre muerto”. Otros más gráficamente aseguran que en ese momento crucial “se va p’al aire, to parriba, pa que se lo lleve el viento”. Incluso, resaltan algunos encuestados, que “llega hasta el sol”, donde se deshace.
“Ya no aparece más ese guirre”, me confirmó hace muchos años en Tiscamanita el ganadero Ramón Hernández. “Cuando siente que se va a morir, él se marcha y se muere solo p’arriba. No cae, se lo come el aire”. Sabio majorero, defiende que en ese momento trágico del final de la vida que las aves barruntan infalibles, los humanos con ojos expertos también son capaces de predecir su final: “Cuando el guirre da dos o tres vueltas así alrededor, alrededor, es que ya va listo”, explicaba seguro don Ramón.
Es uno de los relatos más fascinantes de la cultura oral canaria, con un casi seguro origen aborigen, pues relaciona a este buitre nada menos que con el mito clásico del Ave Fénix, de raíces egipcias y extraordinaria popularidad en tiempos romanos. Un pájaro sabio que vive muchos años, que conoce perfectamente el momento exacto de su muerte, ese imposible deseo humano, y que alcanza la inmortalidad disolviéndose en el aire. Una clarividencia que muy probablemente señala un antiguo culto prehistórico donde la gran rapaz blanquinegra serviría como puente de unión entre la tierra y el cielo, entre los primeros canarios y sus dioses arcaicos.
No es algo raro. El budismo tibetano practica el “entierro celestial” o “jhator”, dejando el cadáver en sitios elevados de montañas donde escasea la leña para incinerar y resulta difícil excavar una tumba, para que buitres y otras aves carroñeras lo consuman. El zoroastrismo también tiene un rito funerario similar llamado “dakhma” o “torres del silencio”, donde los cadáveres se exponen en plataformas elevadas para que buitres se los coman. Aún se mantiene esta costumbre funeraria en Irán e India, donde sobrevive la comunidad parsi, una tradición documentada desde el siglo V a.C.
Ha sido siempre un gran aliado del ganadero porque actúa como carroñero natural
La leyenda del guirre capaz de conocer el momento exacto de su muerte apuntaría a un poder sobrenatural, mágico, capaz no solo de saber cuándo va a morir él, sino también cuándo lo haremos nosotros. Porque como recogió Francisco Navarro Artiles en su libro Aberruntos y cabañuelas de Fuerteventura, publicado en 1982, “los guirres encapotados aberruntan muerte”. También que “si alguien encuentra un guirre muerto en el campo, aberrunta una desgracia”. En Lajares, por ejemplo, Matías Benítez siempre ha escuchado a sus mayores que “cuando va a morir una persona, el guirre vuela alto dando círculos alrededor de él o de su casa”.
Amigo de los ganaderos
Pero no solo hay señales funestas alrededor de este fabuloso pájaro. También ha sido siempre un gran aliado del ganadero canario porque actúa como carroñero natural, eliminando rápidamente cadáveres de cabras, ovejas y otros animales muertos que abundan en la ganadería extensiva de Fuerteventura y Lanzarote. Además de sus incuestionables beneficios ecosistémicos en la cúspide de la cadena trófica, su presencia también nos regala unos inmensos beneficios sanitarios. Al evitar la acumulación de carroña pone coto a la propagación de enfermedades como el ántrax o la parasitosis entre el ganado vivo, reduciendo riesgos veterinarios y costos en tratamientos. Su dieta principal incluye precisamente estos restos orgánicos, manteniendo limpios los pastizales áridos a modo de cuidadoso barrendero del campo. No menos importante es su capacidad de reciclar nutrientes al devolver materia orgánica al suelo mediante excrementos ricos en fósforo y nitrógeno.
“Cuando sienten que van a morirse, vuelan hacia el cielo y desaparecen”
En Teno Alto, Tenerife, donde hace casi un siglo que los guirres se extinguieron, todavía las gentes se acuerdan de ellos gracias a un viejo refrán: “Cuando el guirre da la vuelta, / cabra parida o res muerta”. Y es que la mítica ave también ayudaba a los pastores a encontrar animales perdidos, recuerda el naturalista tinerfeño Felipe Siverio: “Cuando se perdía un baifo le decían a los chiquillos que fueran a buscarlo, y ellos preguntaban, ¿cómo sabré dónde está? Y respondían los pastores: Tú sigue a los guirres y los cuervos”.
Tener guirres volando cerca de las explotaciones ganaderas evita la necesidad de enterrar o incinerar cuerpos, ahorrando tiempo y recursos, al mismo tiempo que controlan plagas de insectos y roedores atraídos por la putrefacción. Por eso la gente del campo lo valora como un animal “noble y útil”. A nadie se le ocurrirá matar a uno, pues trae la desgracia. Y menos comérselo, ni en los peores tiempos de hambre.
Más anecdótico, algunos todavía hoy relacionan al guirre con una visión machista de su escasa capacidad para relacionarse con las personas del género femenino. Como el mozo al que escuché una vez a la entrada de una discoteca de moda en Puerto del Rosario, entre apesadumbrado y divertido al barruntar su previsible escaso éxito esa noche: “¡Ños, cuánto guirre para tan poca carroña!”.
















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