“Lo indígena en la sociedad colonial es clave para entender Canarias hoy”
A. José Farrujia, autor de ‘Guanches. Relatos de nuestro mundo ancestral’
A. José Farrujia de la Rosa es profesor y doctor en Historia por la Universidad de La Laguna (ULL). En su carrera ha recibido el premio Extraordinario de Doctorado de la ULL en la división de Humanidades, Premio Periodístico de Investigación Histórica Antonio Rumeu de Armas y el Premio European Archaeologist Photojournalist of the year. Es miembro de la Sociedad Española de Historia de la Arqueología, de la European Association of Archaeologists y de la Asociación Universitaria de Profesorado de Didáctica de las Ciencias Sociales. Es autor de quince libros y de casi un centenar de artículos técnicos y de divulgación sobre la arqueología canaria, la innovación educativa y la educación patrimonial. Acaba de presentar Guanches. Relatos de nuestro mundo ancestral (2026), su nueva obra de relatos. Su primera incursión en el terreno literario, Memorias guanches. Testimonios sobre nuestro pasado indígena (2023), está publicada también por LeCanarien.
-¿Qué objetivo persigue con su nuevo libro y en qué se diferencia de ‘Memorias guanches’?
-Las narrativas terminales, propias de los contextos coloniales, tienden a describir lo que desaparece y no lo que pervive. Estas narrativas han dominado el discurso en el estudio de lo guanche. Mi objetivo es darle la vuelta a esa tendencia y estudiar el proceso de mestizaje que sufre el Archipiélago como consecuencia de la colonización, y la continuidad de lo indígena en la sociedad colonial, algo fundamental para entender Canarias en el siglo XXI. Este hilo conductor está presente tanto en Memorias guanches como este nuevo volumen. Guanches aporta una nueva mirada, con nuevos personajes. Desde el punto de vista temático abro un nuevo capítulo para abordar aspectos y matices que no estaban presentes en el primer libro, como el problema de la esclavitud en Canarias, y de colectivos sociales como los iboibos -los encargados de agasajar los cadáveres y prepararlos para la vida en el más allá- o los guañameñes.
“Mi objetivo es estudiar el proceso de mestizaje que sufre el Archipiélago”
-¿Cómo y por qué combina en su libro la rigurosidad académica con la narración literaria?
-Tras estar inmerso durante mucho tiempo en la escritura académica me di cuenta de que la investigación impone un rigor metodológico que te lleva a centrarte en la materialidad del pasado y sus evidencias documentales, arqueológicas, o historiográficas. Los arqueólogos dejan muchas veces de lado la dimensión humana de lo que trabajamos. Pienso que la literatura es el campo perfecto para verlo desde otra perspectiva y centrar el foco en la dimensión humana, sin olvidar la dimensión material que es la que nos permite contextualizar y ser fieles a la historia. Me interesaba que la gente pudiera leer estos relatos en primera persona e identificarse con el personaje. La materialidad levanta barreras con un público no especialista. En cambio, los sentimientos y las vivencias sí conectan con el público, pues la dimensión humana trasciende las distintas épocas. También me interesaba aportar testimonios tanto masculinos como femeninos, tantas veces olvidados, y hacer una historia más plural que incluyera a todos los estratos de la sociedad guanche.
-Una de las tesis del libro es que lo guanche no desapareció, sino que se transformó. ¿En qué se materializó esta transformación?
-Muchas prácticas ganaderas previas a la conquista perduraron hasta prácticamente nuestros días. La toponimia es otro ejemplo clarísimo cómo lo guanche no desapareció. Además, otro ejemplo curioso es cómo determinadas tradiciones que hoy podemos considerar de raigambre católica, tienen en realidad una raíz claramente indígena. El primero, es el levantamiento de ermitas en lugares de culto indígenas, como el caso de la ermita de San Juan (siglo XVI) en la Punta del Hidalgo, en Tenerife. Vemos cómo, a grandes rasgos, cambia el protagonista -de Magec a San Juan-, pero en el fondo la práctica es la misma: adorar a una divinidad celeste que marca el inicio del solsticio de la estación seca del verano. El otro caso, más conocido, es el de la Virgen de Candelaria, que reemplaza el culto que los guanches venían profesando hacia Chaxiraxi.
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“Me interesaba hacer una historia más plural sobre la sociedad guanche”
-¿Cuáles son los interrogantes y desafíos a los que se sigue enfrentando la comunidad científica en el estudio del pasado aborigen?
-Ahora mismo no se cuestiona la procedencia norteafricana de la población aborigen, pero sí el momento de su llegada a las Islas. Existe un debate histórico sobre el momento inicial de la colonización. Frente a los partidarios del poblamiento coincidiendo con la presencia romana en el norte de África, existe otra corriente que yo secundo y es que ese poblamiento fue muy anterior a la presencia romana. El yacimiento de Buenavista, en Lanzarote, que ha sido estudiado por Pablo Atoche, arroja una cronología que apunta a comienzos del primer milenio antes de Cristo, mucho antes de la presencia romana en el norte de África. Otra cuestión que rechazo es la balcanización de la historia guanche por islas. Existe una visión que defiende que cada isla fue habitada por una etnia distinta, que responde más a un posicionamiento político a raíz del desarrollo de políticas insularistas por parte de los Cabildos que a un fundamento arqueológico.
-¿Cómo valora la situación de la arqueología en Canarias desde el punto de vista académico?
-Desde el punto de vista académico, en los últimos años se ha desarrollado una línea de investigación sobre la genética que está aportando bastante luz. También se están desarrollando estudios bastante interesantes relacionados con las semillas y también otros sobre la evolución de la vegetación, que aportan bastante información sobre los modos de vida. Desde el punto de vista científico se están haciendo cosas interesantes en las dos universidades públicas.
“Los restos humanos no pueden exhibirse como si fueran cerámica”
-Y la Administración, ¿valora lo suficiente la arqueología canaria?
-En 2019 entró en vigor la Ley Patrimonio Cultural de Canarias. Existe un tema importante pendiente, y es que en buena parte de España hemos asistido a un proceso de descolonización de los museos, que implica la retirada de restos humanos de las vitrinas, por lo que ello supone desde el punto de vista ético y moral. En Canarias ni siquiera se ha hecho una reflexión desde las instituciones pertinentes sobre la idoneidad o no de seguir poniendo en vitrinas restos de personas con las que apenas nos separan entre 500 o 700 años de distancia. Creo que reconsiderar el contenido de las exposiciones es un tema pendiente, entre otras cuestiones porque la propia ley citada contempla en su artículo 87 que los restos humanos no pueden equipararse a la cultura material ni exhibirse como si fueran restos cerámicos.
-En Fuerteventura, ¿qué opina sobre la montaña de Tindaya y su importancia arqueológica?
-Tindaya tiene una especial relevancia por sus más de 300 grabados podomorfos, entroncados con los del yacimiento de Tassilin’Ajjer, en Argelia. En 2014 hice un trabajo de campo en el cual documentamos fotográficamente la montaña de Tindaya para un trabajo titulado Escrito en Piedra. Además, tuve la ocasión de organizar una campaña de recogida de firmas y una rueda de prensa, y de participar en el juicio contra el Gobierno de Canarias porque queríamos que se reconsiderara la propuesta de la inclusión de Tindaya como Bien de Interés Cultural (BIC), pues inicialmente solo se circunscribía a la cumbre. Años después ese decreto se modificó y finalmente se decidió proteger toda la montaña desde la base hasta la cumbre, como demandábamos. En Tindaya se quería infravalorar el legado indígena permitiendo que se construyera un monumento escultórico vaciando parte de la montaña para albergar la obra de un escultor de fama internacional. Se apostaba por lo monumental y mediático en detrimento de otros criterios científicos y patrimoniales.
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“En Tindaya se quería infravalorar el legado indígena y debería ser visitable”
-¿Qué futuro le depara a Tindaya?
-Lo conseguido en Tindaya es un claro ejemplo de que se puede frenar el avance implacable de la globalización y de la cultura de masas y preservar valores locales, autóctonos que merecen ser puestos en valor y abiertos al público para su visita. Sin duda, Tindaya debería ser uno de los espacios visitables en cuanto a señalética y delimitación de las zonas transitables para que tanto en primer lugar los lugareños como también el turismo interesado en la arqueología puedan conocer los valores arqueológicos del monumento. Respecto a su musealización, me consta que había un proyecto que hasta donde yo sé se encuentra parado. De alguna manera habría que procurar que se reactive y que todos los majoreros y majoreras pudieran visitar un monumento único por su valor.
-¿Qué otros aspectos relevantes existen en Fuerteventura con potencial para seguir excavando e investigando?
-Fuerteventura, al igual que Lanzarote, es una isla con peculiaridades. Por un lado, tenemos la presencia de la escritura latino-canaria o líbico-canaria, que parece ser un alfabeto propio de ambas islas, pues no se ha documentado en otras. Por otro lado, sería interesante trabajar el mundo de la muerte y funerario. Si obviamos los trabajos realizados recientemente en la cueva de Villaverde y algún hallazgo fortuito, creo que el mundo funerario sigue siendo una de las parcelas más desconocidas, y habría que profundizar en esos estudios.
















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