El guirre, el buitre más culto del mundo, endémico de Fuerteventura, es protagonista de una rica tradición oral que lo convierte en símbolo cultural y mítico

¡Vola guirre!, el grito del Ícaro majorero que un día soñó con volar
El guirre, el buitre más culto del mundo, endémico de Fuerteventura, es protagonista de una rica tradición oral que lo convierte en símbolo cultural y mítico
Todo él, empezando por su nombre, es un inmenso misterio. Guirre, una extraña palabra seguramente de origen aborigen, tamazight; tan exclusiva como lo es él mismo: el más grande, el pájaro con mayor envergadura del Archipiélago, el único buitre canario, el Neophron percnopterus, subespecie endémica del alimoche a la que un grupo de investigadores bautizamos en 2002 como majorensis, pues en esas fechas tan sólo sobrevivía en la isla de Fuerteventura, la vieja Maxorata.
Muchos años de campo, de hablar con los sabios de la tierra, ganaderos, queseras, agricultores y agricultoras, pescadores, loceras, caladoras, nos han permitido ir descubriendo poco a poco la inmensa tradición oral que existe detrás de tan emblemática rapaz, hasta el punto de considerarla un ave culta en sí misma.
¿Puede un pájaro tener cultura? La pregunta admite una respuesta matizada, en cuanto si se entiende la cultura en un sentido amplio y no exclusivamente humano. Un ave como el guirre no posee cultura simbólica ni narrativa propia como la nuestra, pero sí muestra comportamientos aprendidos y transmitidos socialmente. En ese sentido, puede hablarse de una forma de cultura animal. Los guirres aprenden unos de otros dónde alimentarse, cómo aprovechar recursos asociados a la ganadería o cómo moverse por el territorio sin asumir riesgos innecesarios; por ejemplo, alejándose de esos gigantescos aerogeneradores que igual que destrozan el paisaje los pueden destrozar a ellos en un segundo con sus afiladas palas. Ese conocimiento no está escrito en los genes de manera estricta, sino que se adquiere por observación y experiencia compartida, y se transmite entre generaciones. Es una cultura funcional, ligada a la supervivencia y al paisaje, comparable a la descrita en otros buitres y en muchas especies sociales.
Pero el guirre es también, y quizá sobre todo, un animal cultural en clave humana. A su sombra se ha desarrollado o inspirado una inmensa cultura, transmitida de padres a hijos a través de la tradición oral, cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos y que forman parte del patrimonio inmaterial de Canarias. Ha sido ave carroñera y aliada del mundo ganadero, presagio, símbolo de desolación o de resistencia, y protagonista de numerosas leyendas, canciones y relatos. En ese cruce de culturas, la del ave y la de las personas que la observaron durante siglos, el guirre no es culto en el sentido humano del término, pero sí es generador de cultura. Su comportamiento real alimentó relatos, y esos relatos, a su vez, fijaron una manera diferente de mirar al ave, entrelazando naturaleza y cultura hasta el punto de que resulta difícil entender al guirre sin ambas.
Por ejemplo, y como contamos en un anterior artículo en Diario de Fuerteventura, el guirre es la versión canaria del Ave Fénix, el mito clásico nacido en el antiguo Egipto y que pudo llegar a las islas de la mano, más bien de la voz, de los romanos y primeros pueblos norteafricanos arribados hace dos milenios. Pero hay otra leyenda a su alrededor igualmente asombrosa, la que relaciona a esta ave sagrada de los mahos nada menos que con el mito clásico de Ícaro.
El sueño más viejo
Así me lo contó un viejo pescador de Pozo Negro mientras lanzaba con precisión su larga caña sin carrete terminada en un afilado cuerno de cabra en busca de viejas. “Uno de Gran Tarajal llamado Simeón, al que yo conocí, se encontró un guirre muerto. Dijo que iba a volar. Con sus plumas se hizo unas alas, se las ató a los brazos y subido a lo más alto de El Roque, debajo del faro de La Entallada, gritó con fuerza: ‘¡Vola guirre!’ antes de tirarse to pa’ bajo. Pero casi se mata”.
Con más detalle, y bastante más incredulidad, lo explicaba el ganadero Ramón Hernández en 2002, cuando lo entrevistamos en Tiscamanita: “Cogieron un guirre, yo no sé cómo, le sacaron todas las plumas para poder volar con eso, pero con eso no vuela nadie, creo yo. Que lo intentaron sí que se lo oí decir a mi abuela. Porque yo le decía. ¡Oh!, yo me pongo ahí arriba en la montaña, doy un brinco con la lata y podría volar. Y mi abuela me decía. ¡Bah! Eso es como el que cogió el guirre, le quitó las alas para irse a volar y no pudo”.
Los guirres aprenden unos de otros dónde alimentarse sin asumir riesgos
La expresión Vola guirre es un buen ejemplo de cómo el habla majorera imprime su sello a los relatos tradicionales y los ancla al territorio, pues conserva la cadencia del habla local y actúa como marca de autenticidad cultural. Frente al castellano estándar vuela, la forma coloquial vola responde a un rasgo fonético y morfológico propio del español popular de Fuerteventura y, en general, del español canario tradicional. Se trata de una simplificación verbal heredera tanto de formas antiguas del castellano como de procesos de economía del habla oral; una forma más breve y directa, más fácil de memorizar.
La leyenda es tremendamente popular en Fuerteventura y como todo lo antiguo, existen infinidad de versiones. Pero más allá de una historia humorística, que es como muchos la presentan, condensa uno de los grandes temas universales de la mitología: el deseo humano de volar y la advertencia sobre las consecuencias de desafiar los límites impuestos por la naturaleza. El llamado mito del Vola guirre, transmitido por la tradición oral, dialoga de forma sorprendente con el mito clásico de Ícaro. Es uno de los relatos fundacionales del imaginario occidental sobre la hybris, un concepto de la cultura griega clásica que significa desmesura, soberbia u orgullo excesivo, especialmente cuando lleva a alguien a traspasar los límites que le corresponden como ser humano frente a los dioses o al orden establecido.
En ambos casos, tanto el griego como el majorero, el punto de partida es el mismo sueño, volar como las aves, elevarse por encima del suelo y escapar de la condición humana. Simeón, el hombre de Gran Tarajal del que habla el viejo pescador, encuentra un guirre muerto y ve en sus plumas una oportunidad para lograr la libertad, viajar o, al menos, tocar el cielo. Las alas que fabrica recuerdan de forma directa a las de Ícaro, construidas con plumas y cera por su padre Dédalo para escapar de su prisión, un intento artesanal de apropiarse de un don reservado a las aves.
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Guirre. Foto: EFE/Carlos de Saá.
Volar para ser libre
El guirre añade a la leyenda una capa simbólica propia del contexto insular. Es un ave carroñera, ligada históricamente a los espacios abiertos, a los riscos y a la economía ganadera. Usar sus plumas para volar implica apropiarse de un animal que conoce el aire, pero también la muerte.
El guirre no es culto en el sentido humano, pero sí es generador de cultura
El escenario también refuerza el paralelismo. Ícaro se lanza al aire desde un lugar elevado, cerca del sol y del mar. Simeón sube a lo más alto de El Roque, un peñasco abrupto que emerge del océano bajo el faro de La Entallada. En ambos relatos, la altura y el vacío marino funcionan como espacios simbólicos donde se cruzan el cielo y la muerte, la aspiración y el peligro, el anhelo de libertad. El grito “vola guirre”, lanzado antes del salto, cumple una función semejante al vuelo inicial de Ícaro. Es la afirmación verbal del sueño, casi un conjuro mágico, justo antes de producirse la tragedia. Entre el cielo y el suelo, tanto en el mar Egeo como en la costa atlántica majorera, la caída sigue siendo parte esencial del relato.
La diferencia esencial entre ambos mitos está en el desenlace. Ícaro muere al precipitarse al mar cuando el sol derrite la cera de sus alas. Simeón “casi se mata”. La tradición majorera suaviza el castigo, pero el mensaje sigue siendo claro. El intento de volar con medios que no corresponden a la condición humana conduce al daño, si no a la muerte. La cultura clásica lo formula como castigo a la desobediencia y al exceso. La tradición oral canaria lo expresa de forma más seca y realista, sin dioses ni moraleja explícita, pero con idéntica conclusión. Es el castigo lógico a la soberbia (o la simpleza) humana.
¿Me escucha Caracas?
Los majoreros también cuentan, con mucha sorna, una versión humorística del Vola Guirre cercana al esperpento, puro disparate. Es la que un día nos relató en Lajares Matías Benítez Betancort, quien durante muchos años fue uno de los más queridos vigilantes medioambientales del islote de Lobos.
“Se llamaba Meregildo. Un día dijo: ‘Emigro a Venezuela’. Se subió a la montaña de La Herradura. Le puso las alas de un guirre a un bidón, metió dentro una cabra viva y un saco de gofio, y como si estuviese en una avioneta se tiró montaña abajo mientras gritaba: ‘Despegamos del aeropuerto de Fuerteventura. ¿Me escucha Caracas?’. Casi se mata”, terminó entre risas el bueno de Matías.
Esta versión disparatada del Vola guirre introduce un giro fundamental respecto al mito clásico de Ícaro y a la variante trágica de Simeón. Aquí el deseo de volar ya no aparece como un desafío solemne a las leyes de la naturaleza, sino como una parodia consciente de ese mismo anhelo. Meregildo no aspira al cielo por ambición ni por soberbia, sino por necesidad, lanzándose desde la montaña de La Herradura convertido en caricatura del aviador moderno, en esos tiempos en los que subir a un avión era casi tan imposible como poder volar. Las alas ya no se atan al cuerpo, sino a un bidón, objeto industrial y absurdo que sustituye al ingenio artesanal de Dédalo. El vuelo, en realidad, nunca ocurre. Lo que importa es la teatralización del intento, subrayada por el lenguaje radiofónico y la broma imposible de comunicarse con Caracas desde lo alto de una montaña majorera.
El paralelismo con Ícaro persiste, pero filtrado por el humor popular y la experiencia histórica de la emigración. Si el joven griego cae por acercarse demasiado al sol, Meregildo se estrella antes incluso de despegar, cargado con una cabra viva y un saco de gofio, símbolos reconocibles de la subsistencia isleña. El castigo ya no es la muerte, sino el ridículo. Volar sigue siendo un sueño, pero esta versión ironiza sobre la necesidad imperiosa de emigrar a Venezuela, donde tantos canarios fueron en busca de un futuro mejor, y sobre la ingenuidad de creer que bastaban unas alas prestadas para dejar atrás la pobreza.















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