Himar Soto, cine para salir del búnquer
El cineasta majorero gana el premio Fuerteventura Plató de Cine Natural en el Festival NotodofilmFest, con su corto ‘Ciclo’, que profundiza en la deshumanización digital
Un hombre de mediana edad pedalea sobre una bici estática. Sobre él parpadea una luz verdosa, que se posa débil sobre los objetos del sótano. La estancia está abarrotada, todo estantes y desorden: palanganas, una nevera de playa, botes de conservas, herramientas, dispensadores. A golpe de pedal, un teléfono móvil se va cargando sobre la superficie de la bicicleta. El hombre observa la pequeña carga alcanzada, baja del sillín y se decide a salir. Con la linterna en la boca, se empuja hacia el exterior escalando una estrecha escalera vertical, túnel arriba. Abre la trampilla del búnquer y se encarama a la superficie. Está completamente solo, en medio de un paraje deshabitado, sin vegetación, sin signos de vida. Entonces, enciende su móvil, sonríe a cámara, registra un rápido selfie y vuelve a apagar el teléfono. De nuevo serio, cansado, inicia su descenso búnquer adentro.
Esta es la propuesta de Ciclo, el cortometraje del cineasta majorero Himar Soto ganador del premio Fuerteventura Plató de Cine Natural del festival NotodofilmFest 2025, un trabajo en que el autor profundiza en la deshumanización digital, el dilema tecnológico y el absurdo virtual contemporáneo. Jugando con una estética apocalíptica, el corto ironiza en torno al narcisismo digital, la hiperconexión y la permanente demanda de positivismo social en redes sociales en tiempos de decadencia medioambiental, colocando en el centro de la acción a un superviviente (interpretado por el también cineasta Sirma Castellano) decidido a usar la escasa tecnología disponible para continuar alimentando su imagen digital. Así, el búnquer de Himar Soto juega a una doble interpretación: la literal, en un contexto de futuro distópico, con el agotamiento de los recursos naturales; la metafórica: una vida subterránea, en soledad, a oscuras, bajo la superficialidad de una vida de alegría artificial, ficcionada.
“Esa falsa verdad es precisamente lo que quiero transmitir con Ciclo. Los algoritmos fomentan visualizaciones de vidas idealizadas porque gustan a los demás y eso mismo hace que se publicite aún más y... bucle infinito de no realidad”, explica Soto, que denuncia el avance de una irrealidad paralela en todos los sentidos en el ecosistema digital: “Me preocupa, también, la ingente cantidad de fake news y que cada día sea más difícil distinguir la verdad de la mentira. Antes eran burdas y evidentes pero a día de hoy con los avances de la IA y su facilidad de uso es realmente complicado saber qué creer, hasta el punto peligroso de decidir no creer en nada”, añade, incidiendo en el concepto origen del cortometraje ganador.
El creador señala que Ciclo es uno de los trabajos que más ha disfrutado hasta la fecha, no por la respuesta del público o su nominación y posterior premio en el festival, sino por la naturalidad con que se tradujo la idea en el proceso de rodaje y en los resultados: “Conseguí plasmar justo lo que tenía en la cabeza. Eso fue muy satisfactorio para mí porque creo que es la primera vez que consigo grabar una idea completa como lo tenía pensado, con solo pequeñas variaciones”, apunta y señala que para él, el proceso es una forma de juego, de diversión, que comienza con imágenes, ideas.
Tecnología y absurdo, frente a humanidad y ternura, claves en sus trabajos
“Lo que más me gusta de todo es fantasear con historias, fantaseo todo el tiempo, aunque muchas no se concreten después. Pero cuando hay alguna asequible, que podamos rodar entre amigos y sin grandes dificultades, existe una ilusión de rodarla. No tengo claro si es una pulsión creativa o una necesidad de demostrar que puedo hacerlo, pero el hecho es que al final del proceso hay algo de alegría y euforia por haberlo hecho, independientemente de los resultados”, relata.
En este sentido, Soto apunta al género del cortometraje como una producción asequible y versátil para cineastas independientes, que no tengan acceso a grandes presupuestos y que no cuenten con equipos o firmas de peso a la espalda, y señala a las iniciativas que fomentan la creación como dinamizadores indispensables: “Todos estos concursos, como el Festivalito de La Palma y tantos otros en esta misma línea, que incorporan un lema y establecen un periodo fijo, exigen un esfuerzo inmediato a los creadores que no están continuamente en activo (porque tienen exigencias laborales y por diferentes motivos) y les dan una ventana para jugar y para crear. Les dan una excusa y les exigen, les obligan a esforzarse”, apunta el cineasta que señala que la suya es una trayectoria nutrida de un permanente juego entre festivales.
Tecno-absurdo
Para Himar Soto, parodiar, ironizar o sobrevolar la temática tecnológica no es algo exclusivo de su último cortometraje. Y es que la tecnología, los dilemas sociales que en ella confluyen, la paulatina deshumanización conectada a la sociedad digital y, en paralelo, la autenticidad, la ternura y la sensibilidad de la realidad social fuera de las pantallas son el sustrato principal de muchos de los cortos ideados, dirigidos y guionizados por el cineasta desde hace más de una década.
El creador achaca este sello a su realidad cotidiana, atravesada por la tecnología en múltiples aspectos: “Desde niño siempre he sentido mucha atracción por ella y se me ha dado bien, tanto es así que empecé a cursar ingeniería informática, después de abandonar pasé a un ciclo de realización audiovisual y ahora mismo trabajo en una pequeña empresa familiar de telecomunicaciones. Creo que al final todos escribimos y hablamos de lo que nos rodea y por eso todas las historias que se me ocurren suelen girar en torno a ella”, señala.
Como ejemplo de este elemento distintivo de su trabajo, se sitúan sus cortometrajes La Apagada de la Virgen (premio Estrella al corto más destacado de la sección Lyra, en el Festivalito de La Palma, 2020) o Humanoides (Mención Sputnik Rental en el Festivalito de La Palma, 2021) en los que se exploran los vértices que conectan lo virtual con lo humano.
En La Apagada de la Virgen, coincidiendo con la suspensión de las celebraciones en torno a la tradicional Bajada de la Virgen de Las Nieves en La Palma, a causa de la pandemia de Covid, Soto planteó una alternativa tecnológica al vacío que dejaba la situación en los feligreses: una virgen conectada a una Inteligencia Artificial (al modo de Siri), programada para responder en tiempo real, y a viva voz, las dudas e inquietudes vitales de sus fieles, generando un continuo ir y venir de seguidores en la iglesia, necesitados de su consejo. Por su parte, el corto Humanoides presenta a personas diversas en una interacción poco habitual: cada una de ellas se enfrenta sola ante el objetivo de la cámara, en una sala vacía, en la que escuchan a través de un pequeño dispositivo una única pregunta que deben responder: “¿Qué te diferencia de un robot, de un androide?”, en un juego de telerrealidad. En ambos cortometrajes, el cineasta coloca a los espectadores ante una misma dualidad: el extrañamiento, ante el planteamiento tecnológico, y, al tiempo, la ternura, la sensibilidad y la sencilla empatía que genera el papel humano.
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‘Ciclo’ denuncia la superficialidad de lo virtual, en un mundo en colapso climático
Diferente aproximación a la tecnología (pero sin renunciar a su presencia) se muestra en otros cortometrajes de la trayectoria del autor como Quick Quest (nominado al premio Fuerteventura Plató de Cine Natural de Notodofilm Fest en 2021), que sitúa la acción en el siglo XIX y la presencia tecnológica está en los postes de telecomunicaciones, o Eco Papa Whisky (Mención Especial Kike Pérez al Montaje más destacado en el Festivalito de La Palma, 2023), donde el elemento de indiscutible protagonismo es un walkie-talkie infantil. En este último caso, eliminado el factor de la realidad virtual, la cara tecnológica es más amable: “No tengo ninguna duda de que la tecnología nos ha dado y seguirá dando un mundo mejor”, redunda el autor, que apunta a sus daños colaterales (“como cada gran logro de la humanidad”) como factores ante los que se debe mantener vigilante la sociedad. También los creadores.
Cuenta el cineasta majorero que la suya no ha sido una carrera guiada hacia una meta preestablecida, prefabricada o encorsetada. No hubo un afán de éxito, ni soñó la fama o la alfombra roja. Para Himar la meta se ha ido moldeando con los años, transformándose y adquiriendo formas y dimensiones nuevas, sorpresivas; incluso el cine llegó con los años. Y aunque en su adolescencia fueron muchas las tardes que dedicó con sus amigos a preparar cortometrajes y vídeos de parodia para las fiestas de su pueblo natal, Pájara, y aunque dirigió, rodó, montó y guionizó todas aquellas escenas que hoy siguen grabadas en la memoria de los vecinos y vecinas, relata que al iniciar los estudios de Realización nunca se imaginó en lo cinematográfico: se visualizaba como realizador, quizás, de alguna televisión. Fue algunos años más tarde cuando se descubrió construyendo historias para sus propios cortometrajes, jugando a conectar la ternura amable del humor, con la acidez de la crítica sutil al futuro. Encontró su huella allí y la siguió hasta nuestros días.
Aún con todo, mantiene, su camino profesional no está por el momento en la dirección cinematográfica y se acerca a la creación como un paréntesis, un alivio del acelerado ritmo cotidiano, un juego, una diversión que se abre, como ventana, en periodos que le permiten ese recreo. Y acaso no debería ser ese el fundamento de toda la creación artística: solo contar con un terreno firme, fértil, a cielo abierto, donde pasear sin prisa, hombro a hombro, con las ideas.
















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